Carta a un palomino sano

Estimado joven: Me permito tutearte, aún sin conocer tu nombre, en virtud de que nos separa una barrera de años similar a la que muy probablemente te distancia de tus padres. Supongo que, con este trato de cercanía, apreciarás el sentido afectuoso y cordial de mi escrito. No sé tu nombre ni sé quien eres, pero barrunto tu futuro en el horizonte incierto de tu biografía. Me temo que, si no haces algo por ti, tal vez nos lleguemos a conocer. Por otra parte, también me permito explicarte con brevedad el título pajarero de la misiva. Palomino es aquí una acepción amable, una voz muy cervantina (está en el Quijote). La usó también el genial Quevedo pues fue un término muy popular durante todo el siglo de oro español. Así se denominaba, y se denomina, al palomo juvenil. Según el diccionario de la RAE, en su primera acepción, palomino es el pollo de la paloma brava (el pichón, según el mismo diccionario, es el pollo de la paloma casera). En cuanto a lo de sano, ya lo habrás supuesto, es para destacar, con toda intención, el antagonismo actual (el tuyo) con cualquier tipo de anomalía.

Un político propaló –universalizó- el apelativo de ‘palomos cojos’ para referirse al grupo social del que formas parte. Como no ignoras, esta expresión ya estaba en el acervo popular de nuestro país para definir a los homosexuales. La inapropiada alusión se hizo famosa de inmediato. Pero lo que surgió con un propósito no muy respetuoso (o bromista) se convirtió, por las cosas de la vida, en un lema festivo. Lema que ha dado lugar a una asamblea anual masiva la cual genera un gran ruido mediático nacional. Ser homosexual no significa estar enfermo, aunque, como también debes de saber, tu colectivo acoge en su seno desde 1981 a un gran número de pacientes infectados por el virus del sida (en adelante, VIH). Y destaco el año del comienzo ‘oficial’ de la pandemia porque varios homosexuales fueron los primeros casos diagnosticados en los Estados Unidos de Norteamérica. En la muda África, por entonces y desde años antes, la mayoría (millones de personas) de los afectados eran y son heterosexuales. La cifra de homosexuales infectados por el VIH fue creciendo con el tiempo en todo el mundo; y hubo un momento interesante: cuando se descubrieron los modos de contagio del virus. De inmediato, los de tu colectivo plantaron cara al asunto con responsabilidad. Esto pareció mantener a raya al invisible enemigo, mucho antes de que los nuevos tratamientos farmacológicos fueran usados y perfeccionados. Ocurrió este fenómeno positivo porque los homosexuales maduros entendieron que la protección, la propia protección, estaba en sus manos o, mejor, en sus cabezas, donde ya residían los fantasmas del recuerdo de los amigos desaparecidos. El afán protector fue bien movido y propalado por algunos grupos muy poderosos –el lobby gay- que controlaban o influían con inusitada fuerza en los medios de comunicación. Sobre todo en California (baste pensar en la galaxia Hollywood y en su tremendo poder expansivo), pero también en la costa este americana (¡New York, New York!) y en Europa. El mensaje preventivo se difundió por los ambientes homosexuales con una rapidez similar a la demostrada previamente por el virus. Las autoridades sanitarias, los científicos y los sanitarios también pusimos algo de nuestra parte. Y así, alentados por todos, brotaron tallos de esperanza. Sin embargo, la alegría dura poco en la casa del pobre. Al cabo de varios años, cuando mejor perspectiva preventiva había, se empezó a detectar en Norteamérica -otra vez-, luego en Europa y más tarde en España un incremento de nuevas infecciones. En jóvenes, muy jóvenes, homosexuales. ¿La razón? Probablemente no hay una sola causa sino varias: el convencimiento de que los nuevos tratamientos ya controlan al virus; la posibilidad de que se obtenga una vacuna; el hecho notable de haber cambiado el curso evolutivo de la infección: antes, una enfermedad irremediablemente fatal y, ahora, una enfermedad crónica que se puede ‘frenar’ con la medicación. A lo cual hay que sumar un factor peligroso: el sentido de invulnerabilidad que define a buena parte de la juventud cuando circulan por las carreteras comarcales del riesgo (‘Tranki, cariño, que no pasa nada’).

Pero debes saber, estimado joven, que el virus es muy listo, mucho más de lo que tú o yo podemos suponer. Se aprovechó de la absurda bajada de la guardia y sucedió lo que nunca tendría que haber ocurrido: las nuevas generaciones de homosexuales se están infectando ahora, aunque de forma menos espectacular, como los jóvenes e ignorantes toxicómanos se infectaron en los años ochenta del siglo pasado. Para que te hagas una idea de lo que digo, te ofrezco unos sencillos datos: en el pasado año se atendieron treinta y tres nuevas infecciones en la consulta de Patología Infecciosa del hospital universitario de Badajoz. Solo dos fueron mujeres. El resto, treinta y uno (94%), varones. De los cuales trece (42%) eran menores de treinta años (¡y uno de dieciséis!). Todos homosexuales. Chicos viajeros, provistos de móvil o de ‘smartphone’; conectados a Twitter, Tuenti, Facebook y otras redes. Usuarios frenéticos del WhatsApp. Todos estudiantes o trabajadores. Algunos universitarios, incluso con su carrera terminada. Chicos informados. Modernos. Y, sin embargo, se han infectado con el virus más famoso de la historia cuya vida y obra la conocen hasta en las recónditas favelas de Río de Janeiro o en las chozas de la castigada Kenia, por poner dos ejemplos donde no es fácil encontrar el ambiente en el que te mueves. Los jóvenes toxicómanos de los pasados años ochenta ignoraban qué era el sida. Cayeron, ilusos, en la trampa de la droga asesina. Los profesionales y la sociedad fuimos aprendiendo sobre la marcha, entre cadáveres y lágrimas. Ahora no. Ahora conocemos mucho sobre el VIH y sus estratagemas biológicas, si bien todavía ignoramos algunas cosas. Pero sabemos lo fundamental: por ejemplo, que una cabeza normal no puede entender cómo personas de tu condición, tipos preparados e informados, gente de mundo, está a punto de infectarse por el VIH. Y puede suceder en menos de lo que tarda un palomo en volar desde el carnaval de la vida al vía crucis de la enfermedad. Muchacho, te ruego –casi te exijo- que medites lo que te digo: por ti, por tu familia, por tu(s) pareja(s) y por la sociedad. Y por la memoria de los ignorantes que murieron. Eres un palomino sano –todavía- pero un perdigonazo del azar puede truncar tu temerario vuelo. La cojera suele destacar sobre otras cosas más importantes de las biografías personales, incluso llega a espantar a algunos por sus convicciones pero, no lo dudes, eso es lo de menos. Actuando con sentido común, nada debe impedirte disfrutar en el incierto baile de la existencia.


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