Carta a una joven graduada en Medicina

Estimada señorita: Hoy es un día trascendente en tu joven biografía. Tras los años de “guarde”, colegio, instituto y facultad te gradúas junto a tus compañeros con quienes has convivido en las aulas en el último sexenio. Un hecho histórico: la primera promoción del famoso plan Bolonia. No ha sido fácil llegar hasta aquí. Para colmo, aún falta mucho para la meta final. El evento de hoy es el comienzo del maratón -una carrera de obstáculos- de un futuro por escribir. Tras el trámite legal de los últimos exámenes, te esperan ocho meses de estudio masivo. Un trabajo intelectual no remunerado (que le cuesta un buen dinero a tus padres) realizado en un encierro cartujo, alejada del mundanal ruido. Convivirás con la angustia agazapada en la cueva de la incertidumbre por encarar una oposición nacional. Esta dura prueba, si todo va bien como no dudo que irá, te abrirá la puerta de acceso al sistema nacional de formación de médicos residentes (MIR). Gracias a tu esfuerzo, a tus méritos y a la suerte, que jugará (el día del examen) un papel muy importante, lograrás aprender una especialidad médica o quirúrgica. Luego vendrá otro reto formidable: cuatro o cinco años más de guardias y de rotaciones por las distintas especialidades para adquirir un conocimiento de buena parte de la medicina; el aprendizaje intransferible en el libro viviente y hermoso del prójimo enfermo; la responsabilidad científica, ética y legal progresiva; los sustos, alegrías y crisis de nervios ante las situaciones médicas y humanas más variopintas; la satisfacción tuya y profunda por haber aliviado a tus pacientes (no te incomodes cuando alguien te llame señorita o jovencita o ‘estudianta’ siendo ya toda una MIR de cuarto o quinto año en proceso de maduración: no es falta de respeto sino una familiaridad acaso algo excesiva); el disfrute de los buenos momentos del compañerismo sano (tus co-R, con los que mantendrás vínculos de por vida); y también las malas jugadas de la competitividad -los pisotones- de colegas que no asistieron a las clases de ética. Algún día serás, ¡por fin!, médico especialista. Tras más de tres lustros dedicados al estudio, vendrá una nueva zozobra: conseguir un trabajo ajustado a tu especial y especializada formación. A buscar ciudad, hospital o centro de salud que te acoja. Lo que sea, con tal de no caer en la frustrante fosa común del paro, como tantos miles de jóvenes españoles cualificados (en el periódico HOY de 5 de abril, encontrarás un excelente reportaje del buen periodista López Lago sobre el empleo precario). Si no cambian las cosas en el país de pandereta que disfrutamos, te ofrecerán contratos miserables y vergonzosos de horas, días o semanas bajo la amenaza de sanción administrativa si rechazaras la oferta indigna. Pero no deberás acalorarte por el sueldo, ni alegar que ganas menos que la persona que ayuda en la limpieza de tu casa o el ‘gorrilla’ que vigila los coches. Alguien, desde la atalaya de su pequeño y efímero poder, te hará ver la suerte que tienes. Y todavía algún otro resaltará tu condición de privilegio. ¿Se extrañará alguien de que la atracción por Medicina entre los futuros universitarios haya caído un ocho por cien en el último año? Pero tranquila: todo llega. Tres décadas después de decidir un buen día, en tu infancia o juventud, que querías ser médico, alcanzarás una plaza en propiedad en el Olimpo de la medicina pública. Pero, ay, yo ya no estaré para disfrutarlo y felicitarte. Seré polvo de estrellas.

¿Que te estoy amargando el día de tu graduación? No, de ninguna manera. Ni mucho menos es esa la intención de este escrito, ni es mi voluntad. Todo lo contrario. Hoy es un día de júbilo, de alegría. En verdad eres muy afortunada por una simple razón: al graduarte, has hecho feliz a muchas personas. La primera eres tú misma: con este pequeño gran paso has logrado llegar al punto donde conviven el fin de un ciclo y el comienzo del siguiente. Gracias a tu esfuerzo personal. Te has demostrado que eres capaz de hacerlo. Eres un ejemplo paradigmático de los numerosos jóvenes válidos en cuyas manos dejaremos el destino de este país (una herencia complicada). Y has aprendido, en evidencias ajenas, que falta mucho por hacer, un largo camino por andar. Que el éxito en la vida depende del esfuerzo personal y del trabajo riguroso. De la disciplina, no del compadreo, el medro, el mamoneo o la especulación. Sigue a rajatabla la enseñanza de Sófocles: vale más fracasar honradamente que triunfar debido a un fraude. Todo camino comienza en un primer paso. El camino laboral, como el de la existencia, se hace andando. Llevas pocos años de peregrinación. Sigue así. Siempre hacia delante, sin temor a las caídas o a los encontronazos. No se sale adelante celebrando los éxitos sino superando los fracasos.

Pero, además de ti, hay más personas muy felices por tu graduación. Tus padres, abuelos y hermanos. Unos, artífices del sacrificio necesario para colmar tu vocación; todos, con el orgullo genético de tenerte como hija, nieta y hermana. Los días de posible zozobra familiar vagan ya en el recuerdo. Para los tuyos has abandonado con seguridad la pista de despegue. Saben que volarás alto y seguro. Disfruta hoy y siempre de su ilusión. No olvides que no sólo la sangre de tu sangre está hoy contenta. Has removido la linfa cercana de otros afectos: tus amigos y los de tu familia. Y tus profesores, que un lejano día, perdido en la manigua del tiempo, fuimos alumnos ilusionados como tú ahora. Hay muchas personas felices: multiplica por los 140 que os graduáis y comprobarás que no exagero. ¡Si será importante lo que hasta ahora has/habéis hecho en esta pequeña gran etapa de tu/vuestra vida! El acto académico y lúdico de la graduación es un breve paréntesis, un avituallamiento afectivo en el maratón profesional. Hay que seguir trabajando. Aún falta lo mejor.

Nada más. Feliz día y mejor futuro. Comparte lo dicho aquí con los compañeros y compañeras de tu promoción. Todos, hoy, son tú. Y tú eres todos. Felicidades a la XXXVII promoción de Medicina de la Universidad de Extremadura.


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