Concursos y suposiciones

El concurso y la oposición son dos formas legales de acceder a una plaza en la administración pública. Cuando ya se está dentro, con plaza en propiedad, existe la posibilidad de volver a concursar para mejorar en la escala jerárquica. Por ejemplo en sanidad: tras hacer la especialidad por concurso nacional (Sistema de Médicos Internos y Residentes o MIR), si hay plazas vacantes y suerte, el parado o contratado puede llegar a médico adjunto. La medicina es una profesión muy activa, de un dinamismo atroz. Uno no se puede dormir en los laureles. Al cabo de los años, si se presenta la oportunidad, el médico adjunto (ahora denominado Facultativo Especialista de Área o FEA), puede acceder a una jefatura de sección. Años más tarde, y tras forjar un curriculum vitae dilatado, se está en condiciones de opositar a la jefatura de servicio. Naturalmente, la selección es cada vez mayor, las oportunidades menos, los candidatos escasos y las plazas vacantes excepcionales (por la edad de los propietarios). Se comprende que, tras recorrer esta trayectoria, quien llega a jefe de un servicio hospitalario, y no digamos si se trata de un centro universitario de alto nivel profesional y tecnológico, debería ser dueño de, al menos, las siguientes cualidades: experiencia, capacidad, liderazgo y currículo. Dicho así suena bien pero cabe preguntar si la realidad acompaña a la teoría. ¿Se escoge al más experto, capaz, auténtico líder entre sus colegas de dentro y de fuera, y que posea un sólido currículo profesional asistencial, docente e investigador? En países desarrollados y serios en estos asuntos, como los Estados Unidos, ocurre así. Sirva el ejemplo del prestigioso español Valentín Fuster en el Hospital Mount Sinai de Nueva York. En España, Cataluña, Madrid, Andalucía y muchas regiones, siguen esta política en sus centros docentes y asistenciales estrellas, como no puede ser de otra manera. Y cabe seguir preguntando: ¿quién juzga a los candidatos a tan importante puesto jerárquico? En los sitios serios lo hacen profesionales de igual o superior categoría, los más capacitados para valorar y juzgar el perfil de los aspirantes. En esta rueda de preguntas, alguien se puede interesar por la situación en Extremadura. La respuesta es que, como en otras cosas, somos diferentes: los tribunales suelen estar formados, en su gran mayoría por personas que, sin cuestionar sus méritos y honorabilidad, en no pocas ocasiones no superan en experiencia, capacidad, liderazgo ni currículo a algunos de los aspirantes. Esta peculiaridad de nuestra bendita tierra es una muestra más del caciquismo y subdesarrollo que nos define. Si a alguien le parece exagerado este planteamiento, baste tener en cuenta un contundente dato referido a un joven médico con vocación de especialista. Nuestro héroe hipotético estuvo entre los expedientes más brillantes del bachillerato y de la selectividad, hizo una dura carrera de seis años, se preparó el MIR en una academia durante un año (con unos gastos familiares para echarse a temblar), tuvo que competir con más de veinte mil colegas para escoger una de las seis mil plazas ofertadas, probablemente muy diferente de la que le gusta, en una ciudad y en un hospital distinto de donde le gustaría y, cuando acaba el MIR –después de cuatro o cinco años de guardias y estrés mal pagado- no tiene perspectivas laborales (como en tantas profesiones) salvo el paro o la emigración. Algún día consigue un contrato. Si los hados son favorables, muchos años, esfuerzos, privaciones, desencantos e incertidumbres después, será médico FEA. Este titán tiene tres veces más de riesgo de problemas psicológicos que los de su edad (24-30 años), puede ser del 72% que se automedica psicofármacos, del 28% que fuma o del 40% que no practica ejercicio físico con regularidad (datos de la Fundación Galatea y del Consejo General de Médicos sobre 300 MIR catalanes) por la presión insostenible de años en máxima competitividad. Cuando el susodicho es adulto, maduro, experto y se ha dejado la vida haciendo currículo, decide presentarse a un concurso u oposición cuyo tribunal que ha de valorar su trabajo está por debajo de su capacidad. Al final, por esas cosas que pasan, la plaza de la jefatura de sección o de servicio, o de la OPE, es para fulanito que, curiosamente, estaba en todas las quinielas pero no por sus virtudes profesionales sino porque tiene amigos en el entramado funcionarial y político de la administración. Y es una quiniela que suele acertar todo el mundo. Una suposición, pero con altos visos de ser realidad.

Dentro de unos días se celebrarán varios concursos de plazas de jefes de servicio y de sección del SES, así como la famosa OPE que afianzará en su puesto a algunos de los que ahora andan perdidos en su incertidumbre. Veremos si, tras ver los resultados, seguimos en Extremadura o hemos empezado a aprender del mundo desarrollado y serio.


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