El dilema del caganer

El azar, y probablemente también la necesidad, se han conjurado para la relectura en paralelo de dos excelentes libros. Uno es ‘El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta’ (Salvat Ciencia, 1994), del zoólogo evolucionista Richard Dawkins; el segundo, ‘Los españoles en la Historia. Cimas y depresiones en la curva de su vida política’ (Espasa-Calpe, Colección Austral, 2ª edición, 1971), del maestro don Marcelino Menéndez Pidal. Dawkins elabora y defiende una compleja teoría. En síntesis, y asumiendo el riesgo de caer en el simplismo, propone que los seres humanos, los animales, las plantas y los microorganismos somos meras máquinas de supervivencia. Estamos programados al azar simplemente para perpetuar la existencia de los genes (los genes egoístas, con mucho más poderío que los ingenuos y perdedores genes altruistas). La hipótesis de Dawkins nos recuerda el pensamiento estoico de Epicteto, a quien tanto amó Marco Aurelio: los humanos somos ‘frágiles almas que transportan cadáveres’ (‘Meditaciones’, IX, 24); pero Dawkins se refiere a algo menos filosófico, sin bien no exento de filosofía. Quienes mandan (dominan) son los genes egoístas. Su único fin es imponerse, y perpetuarse, a costa de lo que sea.

Llevado esto al comportamiento humano, interesa centrarnos en el capítulo XII del libro (‘Los buenos chicos acaban primero’). En él, el etólogo Dawkins diserta sobre el llamado -en la teoría del juego- Dilema del Prisionero (y sus numerosas variantes matemáticas). Se trata, en esencia, de buscar el beneficio único o mutuo, en una partida entre dos jugadores que disponen de dos cartas por mano, cada una de las cuales marca una estrategia concreta (cooperar o desertar). Cooperar busca un beneficio propio; desertar se hace en perjuicio ajeno. En una partida entre dos jugadores de póquer, dos prisioneros o detenidos implicados en un mismo delito, dos equipos de fútbol, dos tenistas, un matrimonio en trámites de divorcio, dos partidos políticos o dos comunidades sociales, puede darse uno entre cuatro (2×2) supuestos aunque interesa resaltar solo dos: que gane uno a costa del otro (en lenguaje del juego se dice ‘suma cero’), o bien que se beneficien ambos (‘suma no cero’, en el mismo lenguaje). El primer caso sería el de Nadal ganando a Federer o el Real Madrid derrotando al Barça. El segundo, el de un divorcio ‘amigable’ pactado entre los abogados de las partes, o los dos prisioneros buscando eludir/rebajar la condena propia sin perjudicar (delatar) al colega.

Si aplicamos esta alternativa al conflicto político-mediático entre la histórica España, cuyo actual gobierno democrático representa los intereses del Estado al completo, y la inventada y non-nata República de Cataluña, una parte geográfica, social, económica, histórica, afectiva y constitucional de España, estaremos ante un paradigma del Dilema del Prisionero. Parece –a priori– que es más sensata la estrategia de cooperar o de ‘suma no cero’ (en beneficio mutuo) que la de desertar (o independizarse) o de ‘suma cero’ con un hipotético y único ganador. En este supuesto escenario me temo que habría dos perdedores: España y Cataluña. Aún peor, la mala gestión del dilema de ambos gobiernos, prisioneros de sus propias estrategias (desertar o buscar el perjuicio del oponente), afectaría a millones de personas inocentes que no saben quien fue Maquiavelo: el pueblo. Pueblo soberano que está ya harto de los rifirrafes entre los unos y los otros habitantes de las alturas cuando los problemas reales del diario que acosan y acogotan a la ciudadanía son otros muy distintos. Y muy graves.

¿Qué pinta Menéndez Pidal en esta ruidosa partida de póker entre España y Cataluña o, mejor, entre sus respectivos y malavenidos gobiernos? Pues mucho. En su libro ‘Los españoles en la Historia’ dice verdades irrefutables. Son de una actualidad sorprendente y prueba documental de que el mohoso asunto catalán no es de hoy ni de ayer. Por ejemplo, en el capítulo IV (‘Unitarismo y regionalismo’) se leen perlas como ésta: ‘El federalismo catalán toma, entre los más extremistas, la forma de nacionalismo’, adelantándose tres cuartos de siglos al ‘novedoso’ debate federalista rubalcabiano. Hablando de la manipulación histórica, Menéndez Pidal denuncia las artimañas nacionalistas y su pseudohistoria (como si él ya intuyera que en diciembre de 2013 se celebraría el esperpéntico simposio ‘España contra Cataluña’). Dice Pidal: ‘Hay que ir cortando cuidadosamente los más fuertes enlaces que se observan entre la historia catalana y la general de España, y donde no se puede cortar, mostrar lo injusto o lo nocivo del lazo. Hay que descastellanizar la Historia’. Tremenda voz –descastellanizar- que no está recogida, como tampoco pseudohistoria, en el diccionario de la RAE pero cuya contundencia ideológica conmueve. Tras citar el Compromiso de Caspe [pacto establecido en 1412 por representantes de los reinos de Aragón y Valencia y del principado de Cataluña para elegir un nuevo rey, muerto Martín I de Aragón dos años antes sin descendencia y sin un sucesor] y la actitud de Ramón Berenguer IV [conde de Barcelona y príncipe de Aragón de la primera centuria del siglo XII], Menéndez Pidal argumenta: ‘Cataluña, la unidad diferenciada que pretenden, no tenía una clara existencia ni aún el nombre pues catalanus y Catalonia no aparecen en los documentos oficiales hasta treinta o cuarenta años más tarde’. Y añade: ‘Pero Ramón Berenguer IV, sin saber que estaba desangrando al nacionalismo del siglo XX, hizo más que el no llamarse rey [de Cataluña y Aragón]: se reconoció vasallo del emperador toledano Alfonso VII, hecho bien divulgado por la honradez intelectual de Zurita [Jerónimo Zurita, 1512-1580], pero callado por los historiógrafos catalanes quienes, cuando tienen que hablar del emperador y del conde-príncipe de Aragón, envuelven la historia en una terminología anacrónica y enfática: «els dos sobirans», el del «Estat castellá» y el del «Estat catalano-aragonés», y llaman «Confederació catalo-aragonesa» a lo que siempre se llamó simplemente reino de Aragón’ (las cursivas son mías). Remata el sabio historiador el apartado de ‘Los nacionalismos’ con esta sentencia: ‘Pero, en fin, dejando aparte cuestiones de nomenclatura, no cabe pensar que la historia de Cataluña viene equivocada y mal hecha desde hace ocho siglos, sino que son los nacionalistas quienes la escriben equivocadamente desde hace cuarenta años; son ellos los que entienden mal a Cataluña, y no Ramón Berenguer IV ni los compromisarios de Caspe; son los separatistas los que pugnan con la Historia al querer vivir solos, «¡Nosaltres sols!», cuando Cataluña jamás quiso vivir sola, sino siempre unida en comunidad bilingüe con Aragón y Castilla’. Poco más se puede añadir a las palabras del sabio.

El egoísmo político insaciable de algunos (Arturo Mas y su combo de caganers), marcado en sus genes dominadores y excluyentes, trata de imponerse, una vez más, por la vía del engaño, la tergiversación y manipulación de la historia verdadera y mediante la presión político-social ad libitum et ad nauseam, en el más puro estilo de Joseph Goebbels. En términos darwinianos, los secesionistas huyen hacia el dislate empujados por el acoso de su propia supervivencia y de su nefasta gestión: la rica Cataluña está en quiebra. Pero el gobierno de Rajoy tiene una excelente oportunidad de hacer política y debería aplicarla en esta absurda partida fullera: tras rechazar democráticamente la solicitud de un referéndum autonómico como exige la ley catalana 4/2010 de consultas populares vía referéndum, debería convocar (artículo 92 de la Constitución Española) un referéndum consultivo nacional/estatal (de todos los españoles incluidos, naturalmente, los catalanes) con la siguiente pregunta: ¿quiere usted la independencia de Cataluña? Nadie podría decir que se niega la consulta al pueblo. Y a quien Dios se la dé, que el papa Francisco se la bendiga.


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