El evangelio según Marco Aurelio

Marco Aurelio Antonino Augusto (121-180 d. C.) fue uno de los más brillantes emperadores romanos. Gobernó durante diecinueve años y once días, tras Adriano (abuelo adoptivo) y Antonio Pío (padre adoptivo, y suegro). La Historia lo incluye entre los cinco emperadores buenos (con Nerva, Trajano, Adriano y Antonino Pío), según los llamó Nicolás Maquiavelo en “La mente del hombre de Estado”. Tras él gobernó Lucio Cómodo, su mal hijo y peor gobernante. El hecho histórico de romper con la norma antonina de adoptar al heredero fue la chispa inicial de la hoguera que arrasó durante los siguientes dos siglos el imperio de Roma. Su decadencia y muerte: la caída del imperio romano. Marco Aurelio podía haber sido simplemente uno más entre los muchos ilustres poderosos de la historia si no hubiera tenido también una cualidad única: ser un pensador, un filósofo. Siempre tuvo en su boca la sentencia de Platón: “Las ciudades son florecientes si las gobiernan filósofos, o si los gobernantes practican la filosofía”. Particularmente prefiero llamar, al emperador-filósofo, filósofo-emperador: fue un intelectual que gobernó un imperio mientras practicó el estoicismo, la doctrina creada por Zenón de Citio tres siglos antes e impulsada después por Séneca y Epicteto. Talentos de la categoría de San Agustín, Descartes, Inmanuel Kant, Calvino, Juan Luis Vives, Montaigne o Renan, entre otros muchos, también bebieron de esta fuente ética.

El niño y adolescente Marco Vero (Verísimo, lo llamaba Adriano), huérfano de padre a los tres años, se educó entre adultos y ancianos varones. No asistió a la escuela pública, pero dispuso de los mejores y más afamados maestros de filosofía, gramática y retórica. Recibió de Junio Rústico, su preceptor en filosofía, un regalo que le cambió la vida: el libro Recuerdos, de Epicteto. ¡Ay, la importancia de los libros! Y la trascendencia de un buen regalo. Su madre, una mujer autoritaria y con fuerte personalidad, fue muy rica. Pero Marco Vero, nacido y criado en la abundancia, se inició por su propia iniciativa en la lectura, el estudio y la meditación, la senda espiritual e intelectual que el joven Marco Aurelio César siguió ejerciendo mientras aprendía los oscuros y mundanos secretos del imperio. Cuando murió Antonino Pío (160 d. C.), Marco Aurelio Antonino Augusto comenzó su etapa de emperador (tenía cuarenta años). Hasta su humilde muerte en Vindobona (actual Viena), la nivosa noche del diecisiete de marzo del 180 d. C.

Marco Aurelio gobernó -¿quién dijo crisis?- en medio de una epidemia tremenda (la llamada “peste” antonina, o de Galeno, una de las peores de la historia: de 12 a 20 millones de muertos); de tremendas catástrofes naturales (terremotos, riadas e inundaciones); de dos guerras simultáneas (contra los marcomanos en el frente del norte, y contra los partos en el este); de profunda crisis económica (sin dinero para pagar a los soldados) y demográfica; amén de la rebelión, descabezada, del general Avidio Casio. Desolación y muerte. Aún así, el emperador no abandonó la filosofía. Por el contrario, la lectura y el pensamiento le permitieron vivir (y morir) con dignidad estoica. El hombre más poderoso de la época (solo igualado por el emperador chino de la lejana dinastía Han), vivió con la máxima austeridad (como hace ahora José Mujica, el encantador ex presidente de Uruguay) y una frugalidad de anacoreta (hacía sólo una cena muy ligera). El historiador Herodiano dijo de él que fue “el único de los emperadores que dio fe de su filosofía no con palabras ni con afirmaciones teóricas de sus creencias, sino con su carácter digno y su virtuosa conducta”. La devoción estoica, sintetizada en lo que llamó el dios interior (su alma, su conciencia), la plasmó por escrito en su única obra conocida: las Meditaciones (el título original en griego podría significar “Escrito para sí mismo”). El opúsculo, de muy difícil clasificación como género literario, es una suerte de catecismo laico, un manual de conducta, un código moral cuya vigencia y modernidad hacen temblar de emoción. Es un libro de los más editados y vendidos en la historia. Un auténtico “best-seller”. Un evangelio laico, más necesario que nunca cuando unos burros cebolleros han eliminado la filosofía de la formación infantojuvenil. Las Meditaciones sirven de manual de supervivencia ahora que parecemos condenados a sufrir el agobio recurrente del consumismo sin fronteras (al parecer, unos 3,6 millones de españoles se endeudarán estas fechas para animar la fiesta). Necesitamos menos atracones de materia y más tisanas de espíritu. Un día ya lejano, estando en el corazón de Sudáfrica, un jefe zulú me dijo algo que conmovió a mi propio dios interior: “Si solo tenemos una boca, ¿para qué queremos dos cucharas?”.

Las Meditaciones es un regalo ideal en cualquier momento y ocasión. Como ahora, con la locura gastosa encaramada en las jorobas de los camellos que nos traerán, otra vez (¡ay!), paz (¿como en Siria y otros infiernos?), amor (¿como el de los hermanos yijadistas?) y felicidad (¿como la que disfrutan millones de miserables y excluidos?). Dejo aquí, de regalo, algunas perlas marcoaurelianas: “Siempre que quieras alegrarte, piensa en los méritos de los que viven contigo, por ejemplo, la energía en el trabajo de uno, la discreción de otro, la liberalidad de un tercero y cualquier otra cualidad de otro. Porque nada produce tanta satisfacción como los ejemplos de las virtudes, al manifestarse en el carácter de los que con nosotros viven y al ofrecerse agrupadas en la medida de lo posible. Por esta razón deben tenerse siempre a mano”. “Lo que no beneficia al enjambre, tampoco beneficia a la abeja”. “Lo que no es perjudicial a la ciudad no lo es tampoco al ciudadano…”. “El mejor procedimiento para vengarse de los malos es procurar no asemejarse a ellos”. En fin, Feliz Navidad y buenas digestiones.


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