El garrotillo

La prensa nacional ha difundido la preocupante noticia de un niño catalán diagnosticado de difteria. La importancia de la noticia estriba en la gravedad del cuadro clínico y en que se trata de una infección prácticamente erradicada en el mundo desarrollado. En España se diagnosticó el último caso el año 1987. ¿La razón del éxito preventivo? Naturalmente, la aplicación masiva de una vacuna eficaz y bien tolerada. Así se ha hecho, en el caso de la vacuna antidiftérica, desde 1965. ¿Y por qué se ha infectado el niño? Por falta de vacunación. Los padres de la pobre criatura, víctima inocente de las decisiones poco responsables de otros, reconocieron haber sido engañados por algunos promotores del movimiento antivacunas. En medio de su angustia vital, alegaron en su defensa ser ignorantes absolutos del peligro oculto en el charco donde se habían metido. Solo cabe compadecerles.

El movimiento antivacunación es tan viejo como las propias vacunas. Desde la época de Jenner, el bendito visionario que inició, sin ningún género de dudas y en mi modesta opinión, la aportación más importante de la medicina a la humanidad. Las vacunas, en general, han salvado más vidas que cualquier otra medida sanitaria, terapéutica o preventiva. En cuanto al fenómeno antivacunas, está muy estudiado (una vuelta por Internet permite comprobar, sin mucho esfuerzo, la certeza de esta aseveración). Explican los estudiosos del tema las razones diversas. Van del fundamento (fundamentalismo) religioso hasta una actitud de rebeldía de carácter político, pasando por el activismo militante frente al poder opresivo e insaciable de las multinacionales del poderoso sector del medicamento. El espectro de los apóstoles antivacunas es tan amplio que acoge en su seno desde analfabetos totales hasta ilustres científicos, amén de médicos y personal de enfermería. Un ejército bien organizado. Y combativo.

El año 2013 publicamos, desde el Servicio de Patología Infecciosa del hospital universitario de Badajoz, un trabajo pionero en España, y muy probablemente en el mundo, mediante el que llamamos la atención sobre el hecho insólito de asistir en nuestro hospital, en menos de cuatro meses, a 13 pacientes adultos con sarampión. Una enfermedad infantil absolutamente desconocida para un médico menor de 50 años. En los veintisiete años de funcionamiento del hospital desde su apertura, jamás había ingresado un enfermo por sarampión. Menos, un adulto. Lo más preocupante es que hasta casi el cuarenta por ciento de los pacientes sufrieron insuficiencia respiratoria. Por fortuna, ninguno falleció. Este raro suceso lo comunicamos de inmediato en una revista científica muy solvente que aceptó el trabajo en solo cuatro días. Presumimos que el interés se debió a lo excepcional (y la importancia) del asunto. Conscientes del problema, decíamos en dicho trabajo que “consideramos que no se debe renunciar a ofertar, desde los centros de salud, los hospitales y los medios de comunicación profesionales y sociales, argumentos científicos sólidos frente a las corrientes sociales (y profesionales) contrarias a las vacunas clásicas de eficacia y seguridad acreditadas (sarampión, gripe, etcétera.).”. Aquí no acabó la historia. El sarampión es hoy (verano del 2015) una preocupación para Europa y los Estados Unidos de América donde están sufriendo una epidemia surgida en un parque temático de California. La causa ha sido la ausencia de vacunación. La desprotección infantil. La falta de inmunidad protectora. En una línea argumental semejante, cada año miles de ciudadanos sucumben a la gripe. Las horas escolares y de trabajo perdido; los ingresos hospitalarios; la atención profesional en los centros de salud, domicilios y servicios de urgencias hospitalarios; el consumo masivo de medicación, y otros efectos adversos de la infección vírica no parecen suficientes razones: destaquemos de forma notable que, en un porcentaje nada despreciable de casos, la vulgar gripe mata. Tal vez el uno por ciento parezca poca cosa pero, cuando hay millones de personas infectadas, el porcentaje supone una barbaridad de muertes evitables (en torno a tres mil al año, solo en España). Y no fallecen únicamente ancianos o personas con problemas médicos debilitantes a quienes, como a los negritos de Machín, también los quiere Dios. Mueren algunas personas jóvenes, sanas, carentes de los popularmente llamados factores de riesgo.

La difteria ha levantado una buena polvareda y lo que aún queda por venir (¿qué pasará, en una epidemia, con los adultos cuyos niveles de anticuerpos han descendido con el tiempo?). De momento, hay varios niños más portadores (no enfermos) de la bacteria. El bicho, como todos los microorganismos, debe cumplir el mandamiento genético (crecer y multiplicarse) escrito en su genoma desde hace millones de años. Los seres humanos, en teoría inteligentes, tenemos la capacidad de contrarrestar tan poderoso fenómeno biológico. Con las vacunas y otros medios.

Francisco de Goya, el pintor de la España siniestra, ejecutó un soberbio óleo sobre lienzo reproduciendo un episodio de “El Lazarillo de Tormes”. El cuadro perteneció al insigne Gregorio Marañón. Gracias al talento del maestro, la pintura pasó a la historia con el título de “El garrotillo”, tal vez porque la asfixia –muchas veces mortal- que puede provocar la difteria tiene una cierta semejanza con la muerte producida por el vil garrote vil (tan al uso en los tiempos goyescos). El acierto marañoniano al denominar de tal modo al cuadro le confirió una dimensión espectacular a una grave infección bacteriana que mataba a los niños y niñas españoles y de todo el mundo. Acaso la interpretación infectológica de esta pintura hizo por la difteria más que muchos libros médicos.

Parece que hemos regresado a la época de Marañón, o de Goya, o tal vez del Lazarillo. Qué dirán las generaciones futuras cuando comprueben que los modernos del siglo XXI todavía estamos agarrotados por el garrote vil de la insensatez.


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