El narrador

Los más jóvenes, nacidos en la España predemocrática, tal vez no conozcan que hubo un tiempo cuando buena parte de la población atemperaba sus problemas arropados por la radio. El fenómeno no era exclusivo de España; por razones obvias, aquí fue muy diferente al extranjero. No eran abundantes las emisoras patrias y no ejercían la libertad de opinión. Un privilegio ausente. Aun así, la radio, la gran compañera de las noches y los días, era un refugio. La variedad de programas no era excitante. Los mensajes del régimen ocupaban mucho espacio y tiempo radiofónico. Entre las costuras de la política autocrática y monolítica se colaban trechos musicales en los que el pueblo llano y allanado podía dedicar una canción a alguien de sus afectos: en el cumpleaños (“…y que cumpla tantos años como estrellas tiene el cielo”), la comunión o la boda, por señalar momentos destacados en las biografías comunes. Pero nada se podía comparar, en fidelidad y éxito de oyentes, con las radionovelas. Ni siquiera el fútbol pregaláctico, ya copado de astros. Por radionovela me refiero al serial radiofónico, al radioteatro (“La guerra de los mundos”, de Orson Welles, sería el máximo exponente) y al Teatro del Aire. La Sociedad Española de Radiodifusión encabezaba la liga de los mejores (su única competencia fue, si la memoria no falla, Radio Nacional de España). Radio Madrid dominaba el formato. ¿Quién, con cierta edad, no recuerda títulos como “Simplemente María” o “Ama Rosa”, entre otros? O al guionista eterno, Guillermo Sautier Casaseca, a cuyos textos prestaban sus voces Juana Ginzo, Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Vilariño, Fernando Dicenta y algunos más. Y, entre tanta voz familiar y de sonoridad perfecta, destacaba la del narrador por excelencia: Teófilo Martínez. Una voz grave, cercana, reposada, de quien sabe qué va a pasar tras haber narrado que pasó y qué está pasando. En las novelas y otros géneros literarios el narrador es mudo. Cada lector pone la voz en su cerebro. Una voz privada, única, que solo el lector oye. Pero en las radionovelas de antaño dicha voz era patrimonio colectivo. Hasta el punto de que todavía, décadas después de dejar de existir, su palabra cómplice retumba en las paredes de muchas cabezas empujada por la marea recurrente de la nostalgia. Morriña que no es solo la hija de la añoranza de un tiempo pasado pues, contra lo que se suele decir, aquél no fue mejor ni peor que el presente, sino solo un capítulo ya cerrado de la biografía.

Viene esto a cuento porque cuando uno escucha ahora la radio, tan cambiada, como casi todo en la vida, o mira la televisión, tan necesitada de profundos y obligados cambios, comprueba atónito que la vieja figura del narrador ha regresado del limbo acústico de las ondas. El narrador ha entrado en la actualidad cotidiana por la puerta grande de la opinión. Pero, ¿han reaparecido las radionovelas en la época presente en que las series de televisión o fotonovelas compiten a muerte y ocupan horas y millones de personas de audiencia? ¿Acaso plantan cara las añejas novelas radiofónicas, de voces sin rostros, a las potentes historias televisivas plagadas de caras guapas, de famosos que se contornean por escenarios con ropajes de diseño y con un poderío inigualables? ¿Ha surgido un nuevo fenómeno competitivo entre la ficción radiofónica y la televisiva? No, ni mucho menos. Quien ha entrado en escena para competir contra la ficción es la pura realidad. Difícil adversario. Ya dijo Oscar Wilde que la vida imita al arte mucho más que el arte a la vida.

El narrador de ahora, nuestro protagonista invitado, posee una voz única, radiofónica. Habla pausado, modula mientras interpreta, sabe lo que dice. Conoce como nadie de qué va el relato. Lee el guión de forma tranquila, armonizando la voz con los leves gestos, o parlamenta y platica sin ayuda del libreto (“Voy a orinar”, dijo). Lo que cuenta tiene mucha pinta de ser una obra colectiva, un relato a varias manos, las mismas que mueven los hilos de la trama. El meón neo-narrador ha ido desgranando poco a poco, y de modo impecable, la historia. El género de su relato es cualquier cosa menos poesía. Pudiera entenderse como un ensayo histórico, pero le falta la altura intelectual exigida a los personajes y hechos historiados. Si fuera una obra de teatro, histrionismo no le falta, se podría clasificar de tragicomedia. A la mediocridad de los personajes, principales y secundarios, propios de una comedia de Jardiel Poncela, de una astracanada de Muñoz Seca o del cine de Berlanga, hay que añadir la parte trágica de socavar los cimientos de la vergüenza democrática. De faltar al respeto, y al bolsillo, de millones de personas. Los que confiaron en quienes, en lugar de arreglar los problemas del colectivo, solo se han preocupado de sus malditos culos y de sus cuentas corrientes, individuales o de la tribu. Pero, opino, sin permiso de Valle Inclán, que cabe mejor encuadrar este esperpento en el género novelesco. Lo que el narrador aludido nos está contando es una novela poliédrica, compleja y polifónica, al modo de Cervantes o Dostoyevski. Novela de puro y duro realismo, porque refleja el ambiente institucional decrépito de un país desolado. Novela negra, porque cuenta con detalles el entramado mafioso de unos tipos ayunos de decencia y que presumen, válgame el cielo, de ser ajenos al asunto que los retrata. Novela de costumbrismo asilvestrado y montaraz, porque refiere con fidelidad escalofriante una costumbre vernácula, casi genética (engañar al fisco), a la vez que retrata a los bandoleros y al bandolerismo como si fueran las aventuras de Tragabuches, Pasos Largos o los siete niños de Écija. Novela histórica o, mejor, historia novelada, porque dejará escrita para el futuro la crónica vergonzante de la etapa más indigna de un país digno. Novela picaresca, con un nuevo subgénero, español, por supuesto. Novela de realismo trágico, porque…


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