El secreto de Tomás

Permítanme, a modo de introducción y como aperitivo a este acto literario, contarles mi reciente experiencia en Granadilla, un pueblo fantasma ubicado en el norte de Extremadura. Granadilla hace guardia a la vera de un pantano, cuyo nombre, curiosamente, rinde homenaje a un escritor de genes salmantinos y alma extremeña, José María Gabriel y Galán. A pesar de la falta de vida real del pueblito, de vida con sangre de gentío, por el exilio forzado de sus vecinos, aún se conserva su formidable castillo almohade del siglo IX conquistado por los cristianos –Don Fernando II de León- a los moros en el XII. Piedra y agua.

En medio de la tranquilidad del momento, desde las piedras y mirando al agua, yo tendría que haberme preguntado, como hizo el poeta, mirando al oeste y con las ruinas del espectro telúrico a mis espaldas: “¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?”; pero, como soy un poeta que no sabe escribir versos, mi pregunta fue bastante más vulgar: “¿Qué decir de la novela El secreto del agua, de Tomás Martín Tamayo, que no se haya dicho ya por alguien con más autoridad, y mucho mejor que yo?”. Me contestó el pantano con su voz húmeda y tenebrosa: “Habla del agua como fuente de inspiración, como materia literaria”. Ya está, contesté, hablaré de los ríos, o del mar, o de los balnearios, o de los pozos… Respecto a los ríos (Heráclito y su fluir del tiempo o, mejor, Jorge Manrique y las Coplas a la muerte de su padre, o el mítico río Congo, de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad) no vienen al caso. El mar (El viejo y el mar, de Ernest Hemingway o Moby-Dick de Herman Melville) es atractivo, inagotable, pero en El secreto del agua no hay peces espada ni ballenas albinas. En cuanto a los balnearios (La montaña mágica, de Thomas Mann; o El balneario, de un tal Agustín Muñoz Sanz) son sitios para relajarse o curarse de males del cuerpo y disturbios del alma. ¿Y los pozos? (El pozo de Juan Carlos Onetti no es buen ejemplo, salvo por el título); los pozos tienen mucho en común con los pantanos: la incertidumbre, la penumbra del fondo, el miedo que nace cuando te asomas al brocal… Pero dejemos, por ahora, los pozos. Parece que, finalmente, no hay más remedio que hablar de los pantanos.

Disertar, por ejemplo, de la novela Distintas formas de mirar el agua, de Julio Llamazares, sobre el Valle del Porma, en León, el pantano que construyó el ingeniero y escritor Juan Benet. Permitiría hacer un paralelismo entre dos buenos escritores y sus respectivas obras. Pero, como el miedo guarda la viña, quien les habla, que siente un recelo existencial a los pantanos, como a los pozos, decidió buscar en otro sitio pues, el mero hecho de nombrar a estos monstruos hídricos me impide sentirme confortable: un pantano es un submundo de remolinos, de corrientes ocultas, de centenarias encinas podridas en el seno de la oscuridad. Dijo Julio Llamazares en una entrevista periodística: “Lo que hay debajo de un pantano es la devastación final y absoluta”. Y digo yo: un pantano es un cementerio de la memoria donde yacen pueblos y aldeas surcados de calles cenagosas, las cuales andan transitadas por espectros: los recuerdos de miles de biografías anónimas y expropiadas.

En medio de este diálogo inesperado y pantanero, Llamazares, ajeno a lo que yo había dicho antes, insistió: “Nadie se acuerda ya de los destierros provocados por los pantanos”. A lo que añadí yo, ajeno a lo dicho por Llamazares: “Mira, Julio, cómo despuntan las enhiestas torres de las iglesias donde anidan las campanas. Escucha: ¿no oyes el retumbar de los toques de clamor, de difuntos o de muertos?”.

Acaso sea oportuno apelar ahora al poema del poeta isabelino John Donne, citado por Hemingway en el prólogo de su novela ¿Por quién doblan las campanas?, pues nos recuerda algo muy importante. Escribió Donne: “Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.”. Señoras y señores: los pantanos, los pozos y las tumbas esconden secretos de los hombres. Como, por ejemplo, el secreto de Tomás que hoy vamos a desvelar.

Ya en casa, me puse al tajo. Sin ser crítico literario, ni académico ni experto en narrativa, ni siquiera un pícaro solapero especialista en robar los mensajes breves de las solapas de los libros para disfrazar el alma de una falsa erudición, me hice esta pregunta frente a la orilla incierta de la página en blanco: “¿Cómo encarar el difícil reto de presentar El secreto del agua, una novela en la que un camposanto de agua y lodo es uno más de los muchos personajes?”. El más siniestro. “Pues muy sencillo -me respondí- no hablando de la novela”. En su lugar, a modo de compensación, podría departir con el público sobre el autor, Tomás Martín Tamayo. Tamayo como objeto de debate, pero… “Verdes las han segado” me dije, porque Tomás, como el diablo, no se calla ni cuando duerme. Ante mi atrevimiento, él habría protestado con un reproche umbraliano: “¡Aquí hemos venido a hablar de mi libro!”.

Pero, aun a riesgo de sufrir la ira de Tomás, no puedo hablar de la novela, lo siento. No estoy capacitado. Les pido disculpas. Aunque reconozco que, si yo hubiera sido un crítico literario, o un académico, o un experto en narrativa, o un solapero habría hablado, a modo de introducción, del escritor TMT como articulista extraordinario al que admiran miles de lectores y a quien solo algunos pocos le temen. Hablaría también del bloguero TMT, la otra cara crítica del dios Jano martíntamayo. Me explayaría, además, hablando del escritor TMT en su calidad de cuentista, un género que domina. Sépase que, en la novela que nos reúne hoy aquí, y que –lamentablemente- no estoy presentando, hace una siembra de -al menos- cuatro cuentos: el del cabrero loco que machacaba globos y cabezas; el de la ciega que robó los ojos a su generoso padre; el del escalador creyente; y el del pobre Juan Pitera, un personaje garcíamarquiano. Y, si me apuran, hasta las notas sueltas de Godoy padre. Pero también hablaría yo, cómo no, del novelista TMT: de su afamado Poncio Pilatos, que es un planeta que brilla como un lucero bíblico en la galaxia literaria tomasiana. Y, ya puestos, me animaría con El secreto del agua, la novela de la cual me da miedo hablar y que, como es evidente, se me ha empantanado en los barbechos del cerebro. Porque, de haber sido valiente, o simplemente un crítico literario, académico, experto en narrativa o solapero yo habría dicho cosas como qué tipo de novela es, con sus rasgos costumbristas, de realismo naturalista, de denuncia social, de trama policíaca que a veces huele a “thriller”, o a novela de suspense. Y habría comentado, con sumo gusto y autoridad, algunas características de los bien perfilados personajes del relato. Porque Tomás, como un líder agrario, reúne en asamblea, alrededor de su pantano criminal, a más de cien personajes, sumando los que no tienen voz y los que hablan, como apuntaba William Shakespeare en el inicio de sus obras. De los que nos cuentan cosas, en torno a una docena, hay cinco o seis que despuntan por alguna cualidad. Por ejemplo, el maestro represaliado, Antonio Godoy Hoyos, a quien la madrugada le durmió con un tiro de escopeta, destaca por su bonhomía y honradez ética de estoico cordobés. Blas Godoy, su hijo, el protagonista, un personaje excepcional, un idealista que pudo existir en verdad pues solo Extremadura pare tipos capaces de hacer hazañas insólitas. Eulogio, el capitán legionario falangista y joseantoniano retirado del ejército, pero no de la guerra de la vida que le amputó, cacho a cacho, retazos de su existencia, un modelo de lealtad y gallardía. Vera Fraser, la peculiar esposa de Blas, solidaria desde el amor. La piadosa Cristina Ojeda, esposa de Antonio y madre de Blas Godoy, buena entre los buenos. El cardenal Roncelli, un cura enamorado de Bernini, y su vaticana diplomacia, amén de astucia vaticana. Y, por fin, el misterio, el secreto cómplice del pantano de Encinares cuyo manto de légamo tapa una historia terrible de caciquismo y de opresión. Porque esta es una historia del caciquismo y de la opresión, dos hongos que emponzoñan la historia de la vieja Extremadura.

En un análisis en profundidad, de haber sido valiente, tal vez habría buscado las influencias literarias en Miguel Delibes y Los santos inocentes; en Felipe Trigo y El médico rural y Jarrapellejos; en Antonio Reyes Huertas y La sangre de la raza, o en sus Estampas extremeñas; en Camilo José Cela y su tremenda La familia de Pascual duvidas comuns na low carb quanto vou emagrecer e Duarte; o en el adorado dios de Arataca, Gabriel García Márquez y la Crónica de una muerte anunciada, de quien Tomás coge prestados algunos bellos adjetivos y algunos pasajes de realismo mágico.

Y, por fin, tras decir algo de la trama y del tiempo y el espacio del relato, habría acabado mi erudita conferencia de presentación –disculpen por la impudicia- con un solemne: “Señoras y señores, lean la excelente novela, el novelón, El secreto del agua, del escritor Tomás Martín Tamayo. No se arrepentirán. Engancha. Cumple la principal función de la buena literatura: entretener, divertir o recrear, enseñar, hacer pensar. Que la disfruten”.

Pero, ¡ay!, como no soy un crítico literario, ni un académico, ni un experto en narrativa, ni un triste solapero les hablaré, en su lugar, de Los barbechos del cerebro, un modesto caldo literario de cosecha propia, un sencillo vino de pitarra muy insignificante frente a los grandes de las marcas acreditadas y citadas antes, si bien conserva el sabor de lo auténtico. Se trata de una reflexión sobre el hecho intrigante de la escritura. Porque, ¿alguien se ha preguntado alguna vez sobre el fenómeno intelectual del escribir? ¿Qué fue primero, la sombra o el cuerpo que la proyecta? ¿La palabra o la escritura? Dice san Juan en su Evangelio que en el principio fue la palabra. Pero en el principio fue la escritura. Los abuelos de Altamira se comunicaban mediante dibujos en las paredes, como hicieron luego numerosas civilizaciones. Los ancestros aprendieron el lenguaje de los signos (una forma de escritura) antes de emitir palabras. Para leer tiene que existir la escritura. Lo aseguró Valle-Inclán: “El escribir es anterior al leer pues no cabe leer sino lo que ya se ha escrito antes”. Por Unamuno llegué a conocer la idea de Fechner: “La sombra es lo primitivo y originario y el cuerpo que la proyecta lo secundario y derivado”. Tremenda paradoja. Tal vez Fechner leyó en Píndaro que el hombre es un sueño de una sombra. Gustav Theodor Fechner, físico alemán, nacido en Sajonia en 1801, expuso su teorema: “La intensidad de una sensación crece en progresión aritmética; el estímulo debe crecer en progresión geométrica”. Hablemos, pues, de la relación entre el mundo que nos rodea (lo extraño, los estímulos) y el mundo interior que nos conforma (las entrañas, las sensaciones del alma) cribada esta relación por el tamiz ideológico y literario del cerebro del escritor.

¿Quién es escritor?

Alguien que escribe. Pero esto es como hablar del agua: no es lo mismo la inmensidad de una lágrima que el minúsculo espacio cósmico del océano. Una lágrima es un universo donde caben el amor, el odio, los celos, la pasión, la rabia, el dolor, la alegría, la risa. Una síntesis expansiva de la vida. El océano es una simple bañera de agua salada. Podemos convenir que el escritor es un traductor de la existencia. Traducir, en inglés, es “translate”. Es decir, trasladar, llevar, mover, cambiar. El escritor nos traslada, o nos lleva, o nos mueve, o nos cambia. Pero, ¿qué mueve el escritor con su escritura? Las emociones y los pensamientos. Mucho antes que Fechner, Aristóteles nos enseñó que no hay nada en el entendimiento que no haya estado antes en los sentimientos. Lo que se piensa ya ha sido sentido antes. Ahora, el más importante científico portugués vivo, Antonio Damasio, sostiene en El error de Descartes que no existe separación entre las funciones cerebrales superiores y las pulsiones más primitivas. No hay concepto o pensamiento que no esté adobado de sentimientos, y a la inversa. Las neuronas del cerebro humano conforman circuitos complejísimos que se disparan continuamente en todas las direcciones. Podemos sentenciar, parafraseando el racionalista “Cogito ergo sum” (pienso, luego existo) de René Descartes, así: “Pienso, luego siento”, o si se prefiere, “Siento, luego pienso”. Hace más de cien años, el padre de la neurociencia, Ramón y Cajal, hablaba del cerebro en barbecho para significar los territorios neuronales en apariencia aletargados, latentes, dormidos. Es el sustrato anatómico y funcional de lo que podemos llamar, de un modo extenso, la creación artística. El cerebro durmiente no pertenece en exclusividad a los privilegiados que triunfan en cualquiera de las facetas del arte. Es patrimonio de todos, de ustedes y de mí. La diferencia está en el grado de desarrollo y en el uso que se le dé a dicho sector cerebral a lo largo de la vida. Cada uno de nosotros lleva muchos años narrando desde que articulamos las primeras frases en la infancia hasta que dejamos de hablar por imposición de la naturaleza. Somos, si me permiten utilizar la expresión, labradores de nuestros propios barbechos o, volviendo a Cajal, escultores de nuestros cerebros.

¿Por qué o para qué se escribe?

Por oficio, como forma de vida y un modo digno de alcanzar un sustento; por negocio, cuando se sube uno a la noria comercial de los “best-seller”; en busca de una recompensa afectiva: García Márquez confiesa: “Escribo para que me quieran”. Por necesidad psicológica, o espiritual, a fin de liberar de lastre emocional al sobrecargado cerebro. En esta línea de agobios del espíritu se puede llegar a un grado extremo. Pessoa escribía de forma compulsiva por estar muy enfermo. Sus setenta heterónimos solo significan, a la luz de la ciencia de hoy, una esquizofrenia que le descalabró el alma. Pero la salud mental de la mayoría de los creadores es buena, aunque no dejen de ser unos raros para el común de los mortales.

¿Duele escribir?

La escritura no mata: tonifica, musculiza, lo que puede generar agujetas. El dolor del parto anuncia la llegada de una nueva vida. Cajal sentenció que vivir es crear. La literatura es vida, creación. El escritor es un dios con capacidad de inventar –inventarse- el mundo. Mundos nuevos surgidos sobre las ruinas del viejo. Sea el Macondo garcíamarquiano, el Yoknapatawpha del maestro William Faulkner o el más cercano reino de Celama de nuestro amigo Luis Mateo Díez. La mayoría escribe mucho y de diferente forma para decir casi siempre lo mismo, lo que puede doler. Es la consciencia de no haber sabido expresar lo sembrado en el barbecho. Para Unamuno, el escritor que merece el nombre de tal no hace más que decirse a sí mismo. Contra lo que sucede en casi todas las actividades desarrolladas por los humanos, en el escritor la experiencia no facilita las cosas. García Márquez asegura que “El oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica”. Extraordinario misterio. Desde Homero no es posible decir algo nuevo, original. Nadie ha encontrado respuestas a los misterios insondables de la vida, de la muerte, del tiempo. Ah, la tragedia del tiempo. Decía el poeta que no pasa el tiempo, pasamos nosotros. Qué verdad. El dolor que provoca el color sepia que ilumina los retratos antiguos. La sombra de nuestras caducas biografías. Pero si algo duele es porque se siente. El estímulo provoca la sensación. Lo que duele no es el hecho de crear, como no duele engendrar una vida, sino la frustración continua de no alcanzar las respuestas.

Y ahora viene el secreto de Tomás. Nuestro autor escribe en la página 42 del apartado V del capítulo primero: “Los secretos desvelados son flores secas que nadie recoge y que el viento del olvido arrastra”. Te regalo, Tomás, mi flor seca, que arrastró la desmemoria al pantano del olvido y que he rescatado para este acto literario. Escucha lo que leí en el diario El País la fría mañana del día 8 de diciembre de 1989:

“Dos jóvenes jornaleros en paro, Ángel Luis Sánchez Redondo, de 19 años, y su primo Marcelino Garrido Redondo, de 18 años, desaparecieron el pasado domingo arrastrados por las aguas del río Matachel (Badajoz) cuando, tras ser sorprendidos cazando furtivamente, huían de la Guardia Civil. En un ambiente de tensión y nervios proseguía ayer la búsqueda de sus cuerpos, mientras que familiares y vecinos de Palomas (Badajoz, 800 habitantes), afirman que la Guardia Civil no les auxilió al tirarse al río”.

Muy pocos meses después, yo escribía, por primera vez en mi vida, un relato literario, una novelita de 82 páginas, que jamás publiqué. Se titula El pozo de la miseria. La firmaba un tal Aureliano Murillo Sanjuan (siglas AMS, como Agustín Muñoz Sanz). Es un grito literario surgido del jondón del alma contra el caciquismo y la barbarie, contra la insoportable desigualdad, contra el abuso de unos pocos a costa de la mayoría, como El secreto del agua. El brevísimo capítulo VIII de este relato se titula Las trabacuentas de los políticos. Tres personajes ficticios participan en la refriega o disputa pública originada por la muerte insoportable de los jóvenes furtivos en un pozo, cuando intentaron ocultarse de la guardia civil. Los políticos se enfrentan en las tribunas de los dos periódicos oponentes, La Noticia y El Farol. Uno de los que polemizan es Liborio Trueta. El modelo real en el que me inspiré, hace 27 años, fue un tal Tomás Martín Tamayo, al que yo no conocía personalmente. Este hombre público era un pantano de emociones, siempre a punto de reventar por la presión de las aguas pasionales de la política. Habría encajado a la perfección en uno de los tipos de estados resultantes definidos por Salvador de Madariaga en su ensayo de psicología comparada Ingleses. Franceses. Españoles. Concretamente, en el estado que Madariaga denominó la pasión del hombre de pensamiento.

El tiempo, ese gran escultor -en palabras de Margueritte Yourcenar- ha demostrado que bajo la incierta superficie de aquel pantano pasional y arropado por el manto de légamo esterilizante de la política, estaba oculto un buen escritor. Al que la constancia, el esfuerzo, la disciplina y la justicia han ayudado a salir a la luz de la literatura, para beneficio de todos. Resurgido como Encinares, el pueblo ahogado. Parece una obra de Blas Godoy, el idealista que protagoniza El secreto del agua.

Enhorabuena, y muchas gracias, escritor.


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