Jodemos

En la ya lejana dictadura de Franco, cuando algunos éramos jóvenes, hicimos lo que pudimos para que España dejara de ser un país aislado y cerril. Acogido a la democracia, como sus vecinos de Europa y del mundo civilizado. Hubo quien se jugó la vida, otros la libertad -que es una forma de morir en vida-, los más fueron señalados con el dedo acusatorio de la sociedad bienpensante o vivieron enfrentados a sus padres y familias, en el día a día, por ‘revolucionarios’ (los Beatles, Bob Dylan, el Ché Guevara, el cine, la prensa aperturista y la literatura colaboraron en la revolución generacional). Durante la modélica transición política, alentados por las ansias de respirar aires democráticos, los españoles nos unimos para empujar juntos el carro del futuro, tras comprobar que la gente del duro exilio se sumó a los locales, a los sindicatos de clase, a la universidad y a la sociedad entera. Así llegó, sorteando baches y curvas peligrosas, la ansiada democracia. Cada quien podía votar al partido preferido, amparado en la ilusión de lo nuevo (la gran mayoría no habíamos votado nunca). Se podían solucionar las diferencias ideológicas mediante el diálogo civilizado, abandonando la sangrienta quijada cainita que arrasó España en el trienio perverso. Pensar distinto al vecino, al compañero de trabajo, al amigo o al familiar, sin miedo a ir a la cárcel, supuso una experiencia extraordinaria. Se podía expresar el modo de entender la convivencia simplemente escribiendo una opción en la modesta superficie de papel del voto. Pasaron los años como un torrente de primavera: deprisa, alocados, sin retorno. Por fin, los españoles éramos modernos, europeos, occidentales, miembros del primer mundo. Y, como nuevos demócratas, confiamos nuestro sentir en los partidos políticos entre un amplio abanico de posibilidades, si bien desde el principio se perfilaron dos mayoritarios, expresión de la sociología dual de España; junto a ellos, un rosario de agrupaciones menores, y los insaciables nacionalistas, en su derecho constitucional de hacerlo.

La vida no se detiene en las pequeñeces de los humanos, por grandes que parezcan. Siguió a su ritmo. Los jóvenes de entonces maduramos en medio de la incertidumbre. Pasamos, casi sin notarlo, a la categoría de adultos. Nos tocó reponer –pura ley genética- a otras generaciones de ciudadanos. Nació una nueva ciudadanía, ya en democracia, que votaba (o se abstenía, pues la abstención es tan democrática como el voto fiel) con toda naturalidad. La cosa más normal del mundo. Pero algo estaba ocurriendo en los cimientos democráticos y no fuimos conscientes de ello, acaso porque no pudimos, no supimos o no quisimos verlo. Un hecho de trascendencia: los partidos, sobre todo los grandes, se habían apropiado de nuestra democracia, del poder del pueblo. Les dimos el pie y cogieron el cuerpo entero. Poco a poco, sin armar más ruido que el del enfrentamiento entre ellos (puro histrionismo mediático), el espacio democrático de nuestro país fue ocupado en toda su plenitud por grupos muy concretos de individuos. Estos listos hacían y deshacían en sus organizaciones ‘democráticas’ según sus intereses particulares, familiares o de tribu. O, peor, según los intereses de quienes en verdad mandan: las grandes corporaciones, donde muchos aparcan sus cuentas bancarias cuando salen del guateque político. Y, desde que somos europeos de (escaso) pleno derecho e infinidad de deberes, hemos pasado a ser servidores de unos funcionarios de alto nivel a quienes nadie ha votado jamás pero que deciden -¡y de qué modo!- los asuntos principales (educación, economía, trabajo, sanidad, derechos civiles) de nuestras vidas, con la ayuda necesaria de la banca y, sobre todo, de los jerarcas de los grandes partidos. No conformes con robarnos la dignidad, nos han expropiado el derecho a decidir. No quieren ciudadanos pensantes sino siervos o lacayos obedientes a sus directivas, normas, decretos y leyes. Y si no obedecemos, llaman a la prima de riesgo la cual prima debe de ser a la economía lo que el primo de ‘zumosol’ a las hostias como panes. Pero los ciudadanos, ¡ay!, somos corresponsables del dislate por haber permanecido indiferentes al atropello. Nos acostumbramos a dejar –dejación- los asuntos en los partidos y estos en las manos, no siempre limpias, de los llamados aparatos. La democracia real -la de una persona, un voto- mutó en partitocracia o, más apropiado, oligocracia: el gobierno implacable de una selecta minoría (que ahora algunos llaman casta, pero que ya debemos llamar, en algún caso como el pujolcatalanismo, mafia). El voto individual perdió su esencia democrática. Dejó de ser la expresión del apoyo a una opción ideológica como reflejo del sentir de uno. El voto se usó, y aún se usa, para quitar a fulanito y poner a menganito. Se dejó de votar con la cabeza para hacerlo con el corazón. La fría razón vencida por la pasión de los sentimientos. El sagrado voto democrático es ahora un simple disparo emocional al careto del que figura en el cartel electoral. Hemos degenerado la democracia que huele a cabrales. Nos han inculcado (y la caterva de mamporreros a sueldo de las tertulias televisivas y radiofónicas son la vanguardia del lavado colectivo de cerebros) que no se deben votar opciones a favor del bien común, sino manifestar, mejor con asco cercano al odio o con devoción pareja al amor sectario, que se está en contra o a favor de un determinado líder, el cual es el resultado de la selección darwiniana (navajera) implícita en la historia evolutiva de los partidos. Porca democracia.

Los jóvenes amamantados en la dictadura que anhelábamos la democracia y confiamos en los representantes del pueblo, hemos sucumbido hace tiempo ante el engaño descarado y perenne, desolados porque nos han jodido. En medio de nuestra actual anorexia política, difícilmente reversible, han aparecido unos colegas sin complejos que pretenden dinamitar desde abajo las estructuras. Se repite la dualidad del alma española: o podemos o jodemos.


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