La arquitectura del tiempo

“La arquitectura se desarrolla en el tiempo y en el espacio” (Le Corbusier, 1887-1965).

Sigfried Giedion (1888-1968), historiador suizo de la arquitectura, escribió en 1939 “Espacio, tiempo y arquitectura” (edición española completa de 2009), todo un clásico de la historiografía de la arquitectura moderna. Giedion la considera como la referencia de un tiempo, o una época, según la condición y el estado del momento; además, también introdujo en su obra el concepto espacio-tiempo. Al espacio, en la arquitectura, se le ha dedicado mucha atención, pero al tiempo, según parece, se le ha prestado bastante menos si bien hay notables excepciones: una interesante tesis doctoral de Pablo José Juan Gutiérrez (‘Tiempo de arquitectura’, Universidad de Alicante, 2012) analiza este asunto en extensión y de un modo bastante original.

El tiempo es un concepto filosófico que nos retrotrae (un viaje en el túnel del tiempo) a la escuela peripatética del Liceo de Atenas, con el padre Aristóteles como referente primero. Desde entonces y hasta hoy (un nuevo viaje, pero ahora hacia adelante), muchos pensadores han dedicado sus esfuerzos para intentar explicarse, y explicarnos, el significado de esa cosa indefinible que llamamos tiempo. Desde la Teología (Agustín de Hipona, Tomás de Aquino) hasta la Filosofía (Spinoza, Kant, Heiddeger), la física (Newton, Einstein, Stephen Hawking) o la literatura (Tomas Mann), entre muchos. No es esta plataforma, ni yo la persona más adecuada, para analizar el escurridizo concepto del tiempo (una excelente síntesis es el capítulo 93 [‘Time’], tomo II, de los ‘Great Books of the Western World’, University of Chicago, 1991).

La referencia anterior es el pretexto obligado para relatar lo que puede suponer el tiempo en relación con la arquitectura. Me refiero a un interesante espacio creativo inaugurado recientemente en Badajoz. Una idea arquitectónica llevada a la práctica, tras un trabajo concienzudo y riguroso, por los arquitectos Julián Prieto y Begoña Galeano. En esencia, y de forma muy resumida, consiste en la recuperación para la ciudad de un edificio que andaba oculto en la brumosa manigua del tiempo. El llamado ‘Espacio convento’, lugar de convergencia para la gente del mundo cultural, ha supuesto un renacer: rescatar de sus ruinas, piedra a piedra, un edificio cuyo origen se remonta al siglo XVI. Escribo lugar con toda intención porque algunos filólogos (no la RAE) atribuyen el origen de esta voz a un giro dialectal itálico dentro del latín (‘lūcaris’) que sustituyó a la voz ‘lūcus’. Significa un claro en el bosque, un bosquecillo sagrado; es decir, un sitio destinado a adorar a una divinidad. Un espacio de culto. Pero un lugar es también el punto de encuentro del espacio y del tiempo. El ámbito donde han habitado otras biografías en el pasado y al que damos vida en nuestro presente. Ajeno al volumen, hay un largo recorrido por las veredas del tiempo dentro de un espacio concreto que ha variado según las necesidades momentáneas de sus habitantes. Curiosamente, y esto da pleno sentido a la etimología ‘disidente’ de lugar, el actual ‘Espacio convento’ estuvo, en sus principios, dedicado a la adoración del Dios de los cristianos (no fue el hospital de la Vera Cruz descrito por Arcadio Guerra). La primigenia sede del retiro monacal, entonces una estancia discreta por su tamaño, tuvo la misma dimensión espiritual que el mayor de los monasterios. Entre sus humildes muros de ladrillos de tejar siguen aún encerradas las plegarias que nunca alcanzaron el cielo. Permanecen atrapadas y allí están aún, volando por el claustro como golondrinas que no volverán porque nunca se fueron. Se baten en un vuelo eterno (la eternidad es el lecho donde reposa el tiempo infinito). Para comprobar este raro fenómeno, solo hay que ir allí, permanecer en silencio (por ejemplo, en el minúsculo claustro), cerrar los ojos y dejar que se abran de par en par las ventanas de la imaginación.

En el caminar por su biografía, el actual ‘Espacio convento’ fue luego una casa de vecinos. Un edificio de viviendas individuales donde se alojaron familias compartiendo vivencias y servicios comunes: desde las letrinas hasta el patio de vecindad. Una auténtica ‘corrala’ galdosiana ajena al Madrid de Galdós. Un espacio habitado por gente del común donde los rezos pretéritos de los anónimos cenobitas fueron espantados por las risas, voces, llantos, saludos, palabras de amor o gritos de discordia, el adobe de las pasiones que sostiene la estructura del lenguaje del pueblo. Un liceo de iletrados que no leyeron a los peripatéticos pero que filosofaron, a su modo, cumpliendo a rajatabla la sentencia orteguiana: la vida es una faena que se hace hacia adelante. Una casa con vida, suma de biografías diversas y únicas. Unas vidas con casa pues, como escribió el gran poeta inglés John Keats, la vida es una casa con muchas moradas. Y, viajando hacia el futuro, llegó el silencio. El lugar entró en un letargo telúrico, la catacumba de sus ruinas y secuela del alma arquitectónica. El espacio de vida quedó estancado en el tiempo. Pero la vida -de nuevo Ortega- es también “duración y mudanza”. Tiempo y cambio. Los centenarios muros habitados por monjes con incertidumbres metafísicas, y luego por familias con dudas no menos existenciales, alojan hoy a un espacio sin parangón puesto al servicio creativo y cultural. Prieto y Galeano parecen seguir el pensamiento del arquitecto y maestro finés Alvar Aalto (1898-1976) sobre la “humanización de la arquitectura” como una propuesta cultural que ha de responder a una sociedad concreta, no sólo como algo puramente funcional y técnico. La funcionalidad considerada bajo el punto de vista humano. La vida ulterior del ‘Espacio convento’, oasis plantado en medio del desierto innovador, dependerá de la atención que le prestemos los apasionados de cualquier modo de expresión cultural.


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