La punta del iceberg

La reciente experiencia vivida con un paciente infectado por el virus del sida (en adelante, VIH) ha servido para que unos profesionales con amplia experiencia en estos asuntos hagan un alto en la rutina diaria con el fin de analizar objetivamente el problema (una especie de auditoría interna). La experiencia ha servido también de reflexión autocrítica y de cura de humildad. Sobra resaltar que se escribe este artículo con el convencimiento de que el tema puede ser de interés social y sanitario. El paciente citado tuvo la mala fortuna de pertenecer a un colectivo que existe pero no se ve: el de las personas infectadas por el VIH sin saberlo. Se calcula que este grupo supone el 20-25% de los infectados (o hasta un tercio). En los Estados Unidos de la América del Norte (en adelante, USA) hay un millón cien mil personas infectadas por el VIH (el número de enfermos con sida, la forma grave de la infección, es mucho menor). Por tanto, en USA el problema es realmente muy serio. Hasta el punto de que el gobierno de Barack Obama, siguiendo la recomendación de diversas sociedades e instituciones científicas del máximo prestigio y rango mundial (los CDC de Atlanta, la Sociedad Americana de Enfermedades Infecciosas y tres entidades más) ha decretado la conveniencia de hacer la prueba del sida (análisis de sangre para diagnosticar el VIH) a todas las personas de 13 a 65 años que contacten con el sistema sanitario americano por cualquier razón. A todos. Esta norma es incuestionable cuando la prevalencia de la infección por el VIH (el número total de los individuos que la presentan en un momento o durante un periodo dividido por la población en ese punto en el tiempo) es superior al uno por cien de la población. Mediante tan sensata decisión política se rescatarán de la fosa común de la infección oculta (la parte sumergida del ‘iceberg’ del sida) a decenas de miles de personas que ignoran estar infectadas; se les tratará adecuadamente con medicaciones eficaces modificando favorablemente el pronóstico; se hará prevención a sus parejas y, en el caso de las mujeres embarazadas afectas, se evitará la infección de su hijo o hija. Un formidable, esperanzador y necesario objetivo propio de una sociedad desarrollada cuyo gobierno escucha a los expertos que saben, a la vez que cuida a los ciudadanos a quienes tiene la obligación legal y ética de amparar. Supondrá, sin duda, un importante gasto económico para el tesoro americano pero también será un gran ahorro de dinero amén del indudable beneficio social. Gastar para ahorrar.

Se acepta que en España puede haber unas 130.000-150.000 personas con infección por el VIH (casi el doble del número de casos con sida completo). Un tercio está sin diagnosticar aún (42.900-49.500). Si consideramos la cifra a la baja (20-25%), como en USA, aún podría haber 30.000-35.000 no diagnosticados. Extremadura tiene una prevalencia e incidencia menor que la media española. Por extrapolación, sin que estos datos sean matemáticamente exactos, afirmamos con seguridad que en nuestra región se han infectado históricamente más de 2000 personas (solo en nuestra propia experiencia personal en torno a 1000), si bien el número oficial de casos de sida, a fecha de diciembre de 2011, es 1.196. Es razonable suponer que entre los infectados por el VIH en Extremadura debe de haber varias centenas de personas sin diagnosticar aún (posiblemente entre 400 y 660) y repartidos casi al 50% entre ambas provincias. Hasta el momento se han diagnosticado/declarado solo 416 casos nuevos de infección por el VIH (2003-noviembre de 2012), con un incremento en 2011 y 2012. Pero los datos oficiales revelan un hecho de enorme interés: el 68% de las declaraciones en 2011 corresponden a personas asintomáticas. Es decir, se han llegado a conocer la infección porque se ha buscado el VIH, no porque tengan sida.

No hay legislación estatal ni autonómica que recomiende o exija seguir la iniciativa americana ni sabemos si la habrá en el futuro. Lo que importa decir ahora es lo siguiente: con independencia de las cifras y las estadísticas, las personas que ha estando expuestas al virus (contactos sexuales sin protección o sin garantías de que ésta haya sido eficaz, consumo de drogas por vía intravenosa, exposición laboral al virus) deberían interesarse por conocer su estado serológico. Y, muy importante, de evitar en el futuro el riesgo. Por otra parte, el sistema sanitario (medicina primaria, de urgencias y hospitalaria) debe tener presente la implicación del VIH en multitud de procesos que aparentemente, solo en apariencia, no tienen nada que ver con el virus. Además, se ha de cambiar el ‘chip’ enraizado en la memoria colectiva de que esta infección es patrimonio exclusivo de personas y grupos sociales señalados por el dedo excluyente y marginador. Y, finalmente, desde el punto de vista asistencial, los sanitarios debemos pensar en el VIH ante cuadros clínicos de los más variopintos, muy alejados del modelo ‘típico de sida’ que casi todo el mundo conoce. El VIH se pasea por los centros de salud y hospitales de forma discreta. Pero antes de hacer un análisis hay que hablar con el paciente y saber si existe, o ha existido años atrás (incluso muchos años atrás), alguna práctica (sexual o conductual) de riesgo. Si el sujeto no la reconoce porque no hay, tampoco existe riesgo de infección ni necesidad del análisis. Con su ahorro correspondiente (se debe afinar a la hora de hacer el test pues sólo el 0,95% de los casos estudiados entre 2007 y 2012 fue positivo).

En la experiencia que motiva este artículo, muy probablemente habría ocurrido lo siguiente de haberse tenido en cuenta la recomendación anterior: se habrían ahorrado intervenciones sanitarias diversas, molestas y costosas; se habría evitado un sufrimiento innecesario al paciente, a su familia y amigos; se habría aminorado de forma notable el riesgo real de contagio de su pareja; habría disminuido el riesgo posible de contagio laboral de varios trabajadores sanitarios ignorantes del poder contagiante del enfermo; y, lo que parece más importante en los tiempos que corren: se habría logrado un ahorro nada despreciable de dinero. El gasto del último ingreso del paciente fue veinticinco veces mayor al que le hubiera correspondido si se hubiera diagnosticado en su momento. Nunca es tarde para tomar decisiones y para revisar viejos planteamientos. En asuntos como éste, que afecta al individuo pero también a la sociedad, es mucho mejor antes que después. El gasto razonado (en la búsqueda activa de casos) es la forma más razonable de ahorro. El iceberg es hielo desde la punta hasta la base.


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