Los barbechos del cerebro

¿Qué fue primero, la sombra o el cuerpo que la proyecta? ¿La palabra o la escritura? Dice san Juan en su Evangelio que en el principio fue la palabra. Pero en el principio fue la escritura. Los abuelos de Altamira se comunicaban mediante dibujos en las paredes, como hicieron luego numerosas civilizaciones. Los ancestros aprendieron el lenguaje de los signos (una forma de escritura) antes de emitir palabras. Para leer tiene que existir la escritura. Lo aseguró Valle-Inclán: “El escribir es anterior al leer pues no cabe leer sino lo que ya se ha escrito antes”. Por Unamuno llegué a conocer la idea de Fechner: ‘La sombra es lo primitivo y originario y el cuerpo que la proyecta lo secundario y derivado’. Tremenda paradoja. Tal vez Fechner leyó en Píndaro que el hombre es un sueño de una sombra. Gustav Theodor Fechner, físico alemán, nacido en Sajonia en 1801, expuso su teorema: ‘La intensidad de una sensación crece en progresión aritmética; el estímulo debe crecer en progresión geométrica’. Hablemos, pues, de la relación entre el mundo que nos rodea (lo extraño, los estímulos) y el mundo interior que nos conforma (las entrañas, las sensaciones del alma) cribada esta relación por el tamiz ideológico y literario del cerebro del escritor.

¿Quién es escritor? Alguien que escribe. Pero esto es como hablar del agua: no es lo mismo la inmensidad de una lágrima que el minúsculo espacio cósmico del océano. Una lágrima es un universo donde caben el amor, el odio, los celos, la pasión, la rabia, el dolor, la alegría, la risa. Una síntesis expansiva de la vida. El océano es una simple bañera de agua salada. Podemos convenir que el escritor es un traductor de la existencia. Traducir, en inglés, es ‘translate’. Es decir, trasladar, llevar, mover, cambiar. El escritor nos traslada, o nos lleva, o nos mueve, o nos cambia. Pero, ¿qué mueve el escritor con su escritura? Las emociones y los pensamientos. Mucho antes que Fechner, Aristóteles nos enseñó que no hay nada en el entendimiento que no haya estado antes en los sentimientos. Lo que se piensa ya ha sido sentido antes. Ahora, el más importante científico portugués vivo, Antonio Damasio, sostiene en ‘El error de Descartes’ que no existe separación entre las funciones cerebrales superiores y las pulsiones más primitivas. No hay concepto o pensamiento que no esté adobado de sentimientos, y a la inversa. Las neuronas del cerebro humano conforman circuitos complejísimos que se disparan continuamente en todas las direcciones. Podemos sentenciar, parafraseando el racionalista ‘Cogito ergo sum’ (pienso, luego existo) de René Descartes, así: ‘Pienso, luego siento’, o si se prefiere, ‘Siento, luego pienso’. Hace más de cien años, el padre de la neurociencia, Ramón y Cajal, hablaba del ‘cerebro en barbecho’ para significar los territorios neuronales en apariencia aletargados, latentes, dormidos. Es el sustrato anatómico y funcional de lo que podemos llamar, de un modo extenso, la creación artística. El cerebro ‘durmiente’ no pertenece en exclusividad a los privilegiados que triunfan en cualquiera de las facetas del arte. Es patrimonio de todos, de usted y de mí. La diferencia está en el grado de desarrollo y en el uso que se le dé a dicho sector cerebral a lo largo de la vida. Cada uno de nosotros lleva muchos años narrando desde que articulamos las primeras frases en la infancia hasta que dejamos de hablar por imposición de la naturaleza. Somos, si me permiten utilizar la expresión, labradores de nuestros propios barbechos o, volviendo a Cajal, escultores de nuestros cerebros.

¿Por qué o para qué se escribe? Por oficio, como forma de vida y un modo digno de alcanzar un sustento; por negocio, cuando se sube uno a la noria comercial de los ‘best-seller’; en busca de una recompensa afectiva: García Márquez confiesa: “Escribo para que me quieran”; por necesidad psicológica, o espiritual, a fin de liberar de lastre emocional al sobrecargado cerebro. En esta línea de agobios del espíritu se puede llegar a un grado extremo. Pessoa escribía de forma compulsiva por estar muy enfermo. Sus setenta heterónimos solo significan, a la luz de la ciencia de hoy, una esquizofrenia que le descalabró el alma. Pero la salud mental de la mayoría de los creadores es buena aunque no dejen de ser unos raros para el común de los mortales.

¿Duele escribir? La escritura no mata: tonifica, musculiza, lo que puede generar agujetas. El dolor del parto anuncia la llegada de una nueva vida. Cajal sentenció que vivir es crear. La literatura es vida, creación. El escritor es un dios con capacidad de inventar –inventarse- el mundo. Mundos nuevos surgidos sobre las ruinas del viejo. Sea el Macondo garcíamarquiano, el Yoknapatawpha del maestro William Faulkner o el más cercano reino de Celama de nuestro amigo Luis Mateo Díez. La mayoría escribe mucho y de diferente forma para decir casi siempre lo mismo, lo que puede doler. Es la consciencia de no haber sabido expresar lo sembrado en el barbecho. Para Unamuno, el escritor que merece el nombre de tal no hace más que decirse a sí mismo. Contra lo que sucede en casi todas la actividades desarrolladas por los humanos, en el escritor la experiencia no facilita las cosas. García Márquez asegura que “el oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se práctica”. Extraordinario misterio. Desde Homero no es posible decir algo nuevo, original. Nadie ha encontrado respuestas a los misterios insondables de la vida, de la muerte, del tiempo. Ah, la tragedia del tiempo. Decía el poeta que no pasa el tiempo, pasamos nosotros. Qué verdad. El dolor que provoca el color sepia de las fotografías. La sombra de nuestras caducas biografías. Pero si algo duele es porque se siente. El estímulo provoca la sensación. Dijo Unamuno: “Y no sentir la tragedia del tiempo y no poder llorarla es mucho más trágico que llorar esa tragedia”. Lo que duele no es el hecho de crear, como no duele engendrar una vida, sino la frustración continua de no alcanzar las respuestas.

¿A qué edad se empieza a escribir? El oceánico Borges se animó tras escuchar los relatos en español de su madre Leonor Acevedo y en inglés de su abuela Leonor Suárez. A Saramago fue el abuelo materno quien le metió el gusano literario. García Márquez también fue envenenado por su abuela Tranquilina Iguarán en el mundo femenino de sus exotéricas tías. No fue ajeno su abuelo el coronel quien le llevó a conocer el hielo ignorante de que estaba sembrando en el barbecho infantil de Gabito el comienzo de ‘Cien años de soledad’. Me permito exponer lo siguiente: se empieza o empezamos a escribir en el momento de nacer, o acaso antes, en la tibia piscina del útero. Tal vez las patadas –el estímulo- que siente la madre –la sensación- desde sus entrañas son signos inequívocos de comunicación del hijo con la madre. El primer llanto sería entonces una toma de postura, un anuncio de la llegada al valle de lágrimas que es la vida. Un gesto de protesta. Un manifiesto. El hecho inamovible de que, el que acaba de llegar al mundo, ya tiene algo que contar: los relatos que vienen desde el útero de la humanidad; los cuentos infantiles y las leyendas de siempre; las novelas épicas; las diversas escenas del teatro de la vida; la poesía que rezuma en el rocío de las lágrimas del primer llanto. Nacemos llorando. Vivimos llorando. Y, cuando nos vamos, nuestros deudos y amigos nos despiden llorando. La literatura es, en el fondo, una ayuda frente al llanto de la existencia. Los libros literarios son como pañuelos de papel que nos sirven para buscar consuelo.


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