Mamá:

Supongo que no echarás de menos el detalle de no anteponer algún adorno afectuoso como “querida”, “queridísima” o “mi muy querida” a la forma coloquial de dirigirse a una madre. Mamá a secas. Es muy fácil de entender: en mi opinión, la palabra madre, o mamá, encierra tanto significado dentro que supone un valor absoluto en las matemáticas del afecto. Sobra cualquier redundancia o aderezo.

Te escribo cuando la tarde de este siete de octubre se ha rendido al agobio del existir cotidiano. El sol que a diario ilumina tu ausencia ha cerrado los ojos una vez más. Yace en el lecho del sueño diario, esa forma de Pilates fisiológico que nos prepara para el sueño definitivo. Hoy, claro, cumples años: pero no te preocupes pues no diré a nadie cuántos. Sólo tú y yo lo sabemos. Un día como hoy llegaste al mundo pero han pasado ya trece años, casi tres lustros, desde que abandonaste para siempre el valle donde los demás todavía vagamos perdidos. Te fuiste con discreción para entrar por la puerta de oro en el Olimpo de la memoria. El lugar donde resides ad eternum como reina plena del afecto.

Quiero que sepas que no estoy, ni estamos, tristes. Te fuiste de igual modo que nos iremos quienes te recordamos en cada momento. Creo que no hay que perder la serenidad ante el hecho natural de la muerte: la única verdad, la madre de todas las certezas existenciales. Pero, aceptar sin reparos, como Marco Aurelio y los estoicos, esta evidencia irremediable no significa que no brote cada minuto la lava de rabia que se cobija en el volcán hiperactivo e inconforme de mi alma. Por respeto a ti no diré ningún taco, ni palabras obscenas, esas groserías que tan poco te gustaban. Aunque no me faltan ganas de cantarle y de contarle cuatro cosas al maldito destino, el morlaco cornudo que te raptó, como hizo el dios Zeus metamorfoseado en el blanco tauro con la bella Europa. En tu caso, el bicho endiosado te llevó cuando más necesaria eras para mí y para mis hijas, tus queridas nietas (y que mis hermanos y sobrinos –tus otros hijos y nietos- perdonen la apropiación egoísta y debida que hago de tu recuerdo. Es el modo que tengo de rebelarme contra no sé qué jerarquía inasible). Tal vez no sepas que el secuestrador divino raptó a la bella Europa cuando de forma cándida recogía flores en la playa. Luego, tras el rapto, se convirtió en la primera reina de Creta.

La noche –aquella maldita noche otoñal- de hace trece años, un compañero radiólogo me informó por teléfono que la mancha negra, plantada en la radiografía, que ensuciaba el aire puro de tu pulmón inocente. Tenía, según el juicio inapelable del escáner, toda la mala pinta de una cueva: la caverna donde suele residir el temido cangrejo. Yo estaba fuera, de viaje, muy lejos en la distancia física pero pegado a ti por el cordón umbilical de la angustia. Me hallaba en un castillo escocés, en Edimburgo, lugar donde al día siguiente tenía que moderar una mesa redonda profesional. Allí recibí la noticia, pasada la medianoche, como si el fantasma de la incertidumbre, residente en la fortaleza desde hacía miles de milenios, se hubiera despertado de alguna oscura y muda mazmorra. En el bello jardín, totalmente infestado de orquídeas, anduve sonámbulo y perdido en medio de la soledad que alentaba con su ventisca de hielo la borrascosa madrugada. Parecía un cuento de terror de Edgar Allan Poe en el que yo era, a la vez, el asesino y la víctima. Solo y náufrago en medio de la terrible y negra soledad del océano del absurdo. ¡Qué impotencia! Tuve miedo de ir a descansar a la habitación pues estaba seguro de que en mi cama me esperaba tumbado Frank Kafka, muy sonriente, mientras una araña asesina subía y bajaba de forma circense y ridícula de la lámpara sin luz que oscurecía mi cerebro. Pero no era un cuento de Poe ni una fantasía de Kafka, sino una historia real como las cataratas de desconcierto que brotaban de mis ojos. Lloré como solo los niños sabemos hacerlo: con rabia, con pena, desconsolado por la magnitud irracional de mi desconsuelo. La mancha en tu pulmón, que viajó incrustada en mi cerebro desde que me separé de tu vera, no era una simple cueva del cangrejo, que habría sido bastante, sino el nido donde suele habitar -¡maldita sea!- un bicho aún peor: la araña preñada de veneno, la viuda negra que desde unas semanas o meses antes ya había empezado a escavar tu pulmón con su ponzoña deletérea. Y también a inundar de zozobra las calles de mi alma. Qué desamparo, mamá. A pesar de todo, resolví como pude el compromiso profesional. Hasta hice alguna broma, en mi papel de moderador, con los compañeros de la reunión científica, ajenos todos ellos a mi desabrigo. La vida es no más que una colección de llantos y risas. Una tela de araña. Una cueva de sufrimientos. Un cuento escocés de miedo.

Pero no te apenes, guapa, por lo que te digo. La pena bruna es ahora patrimonio nuestro y la gestionamos con cierta pericia. Te cuento algo curioso para animarte. Para que veas las cosas tan raras que suceden: hoy, como ayer y mañana, tus nietas, mis hijas, esas a las que tanto querías, son ya dos mujeres solventes a las que te habría gustado ver crecer y madurar. Una es periodista de raza y ha empezado a escribir su futuro con mano firme; la otra, es una excelente médica especialista afanada en fabricar su porvenir con la única ayuda de su talento y la disciplina espartana del trabajo. El amor al trabajo: la herencia que papá y tú me dejasteis. Te hablo ahora de la médico porque en estos días anda de vacaciones. ¿Sabes dónde? Sí, acertaste: ¡en Edimburgo! En la bella ciudad donde fui aplastado por el derrumbe del castillo hechizado aquella noche de cangrejos, arañas, flores y lamentos. ¡Cómo es de imprevisible el azar! Resulta que, muy cerca del lugar donde regué las orquídeas ajenas con las lágrimas propias, tu nieta, mi hija, disfruta de su descanso veraniego (en verdad otoñal) ignorante de esta historia que te relato. Hoy, precisamente hoy, trece años más tarde, algo más de la mitad de su edad, el tiempo infinito que nos separa del durísimo día que, aislado y cercado en el castillo de mi indefensión, hice estremecerse de angustia a las orquídeas escocesas. Mi única compañía. Entenderás la razón inapelable de por qué las orquídeas son mis flores preferidas. Aunque todas juntas, así lo jurara el mismísimo Zeus el secuestrador, no pueden igualar la belleza de tu alma. Ni hacen la menor sombra al azul celestial de tus ojos.

Un beso, mamá. Y feliz cumpleaños.


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