No le toques ya más

Ustedes habrán notado que el título de este escrito es una paráfrasis del enorme y brevísimo poema de Juan Ramón Jiménez ‘¡No le toque ya más, que así es la rosa’ recogido en el volumen ‘Piedra y cielo’. Muy probablemente Juan Ramón, tan meticuloso en sus ediciones, nos pregonaba en dos versos su huida estilística de los artificios, de la retórica. Luego veremos que esto viene al pelo. Pero, hasta entonces, permitan que les cuente una historia de explosivos con el anhelo de no resultarles un petardo.

Como es sabido, Alfred Nobel fue un químico sueco que descubrió la dinamita en 1876. Ganó tanto dinero que la fundación Nobel financia desde hace décadas los premios que llevan su nombre, uno de los cuales es el de literatura. La dinamita, por su parte, es un compuesto de nitroglicerina, muy inestable, al que añaden tierra de diatomeas para darle estabilidad. Aunque potente explosivo, la nitroglicerina, en sí, no es intrínsecamente mala ni buena, como ocurre con las palabras, el sol del mediodía o las alubias con oreja y chorizo. Es el uso, o el abuso, lo que define el perfil benéfico o perjudicial del explosivo, de las palabras, del sol y de las alubias. Su inestabilidad, me refiero a la de la nitroglicerina, no a la de las palabras, el sol o las alubias que también pueden crear situaciones inestables, obligó a sustituirla por otras sustancias. Como, por ejemplo, el trinitrotolueno o TNT, mucho más estable que la nitroglicerina. Para hacer explosionar el TNT es necesaria la acción activadora de un detonador: los hay instantáneos, de periodo corto y de periodo largo, y hasta planos, según el tiempo de reacción entre el efecto detonante y la explosión que le sigue.

Algunos se habrán preguntado a qué viene esta disertación sobre explosivos mezclados con las palabras, el sol y las alubias con oreja y chorizo. Veamos: el autor que hoy presenta su libro de relatos titulado ‘Cuentos del día a día’ es Tomás Martín Tamayo, un personaje al que todos conocen desde hace años por su actividad política de antaño y por su incansable actividad literaria de hogaño. Separar al político del escritor, en el caso de Tomás, no es tarea fácil. Cuando  ejercía la política de trinchera aprovechó su sólida formación cultural para exponer sus ideas o responder al adversario con argumentos sustentados en los andamios de una inteligencia cultivada. Es un gran lector con indudable capacidad crítica. Es decir, está bien armado desde la esfera intelectual para expresar y defender los planteamientos ideológicos. Para exponer su opinión. En cuanto a la actividad de escritor, cultivada desde hace muchos años, ha dado como frutos varios libros (al menos catorce, de diversos géneros literarios y con varios premios). Además de cuentos, poesía y recopilación de artículos, tiene una exitosa novela, ‘El enigma de Poncio Pilatos’, publicada en Planeta y aún dos más pendientes de publicar. Es decir, es un autor consolidado y de largo recorrido.

Político y escritor. O, mejor, escritor -es decir, intelectual- que vive con intensa pasión los avatares de la polis. Es bastante frecuente que su yo-escritor participe de lleno y de forma irremediable en el campo de la opinión sobre los hechos, sucesos y acontecimientos generados en las batallas del día a día. Pero algunos de ustedes dirán que todavía no he desvelado el misterio de la relación del nitrotolueno con Tomás, incluso alguien puede pensar que yo, en un delirio de alergia primaveral y en señal de agradecimiento por haber sido invitado a presentar su libro, me sirvo del inventor de la dinamita con la intención de pedir el premio Nobel de literatura para Tomás. No, de momento. Se trata de algo más simple que ya habrán intuido: Tomas Martín Tamayo es para mí, y supongo que para muchos, la extensión nominal o el desarrollo identitario de sus potentes siglas: TMT. En este sentido, podemos aceptar que el TMT es un nuevo miembro,  de perfil único, en el grupo de los explosivos estables, como el TNT, capaz de explosionar con una fuerza prodigiosa cuando recibe el golpe estimulador, que no estimulante, de un detonador, por simple que fuere y sea de efecto inmediato, de periodo corto o de periodo largo. Incluso los recién llegados detonadores planos. Dicho de otro modo, por juntar los explosivos, la escritura y la política: cuando al escritor TMT le tocan los cataplines supra talámicos los viejos zorros de los partidos políticos clásicos, dicha sea la referencia vulpina de un modo metafórico y con el máximo respeto, sobre todo algunos y algunas que han dominado hasta ahora la escena regional (y nacional), o las nuevas camadas de raposos que acaban de llegar a la dehesa de los asuntos públicos, hay que estar alertas. Cabe la razonable posibilidad de que se rompa la calma del encinar donde nuestro escritor pasea y medita. La serena dehesa del campillano campero se puede convertir en un campo de minas donde el TMT explota en forma de artículo, de columna periodística o de blog. Naturalmente, el asunto no pasa desapercibido para nadie: la explosión y sus réplicas dan la vuelta al planeta de Internet a velocidad de vértigo. Luego, cae una lluvia o granizos de comentarios y la cascada de ‘me gusta’ en el face-book. La carga demoledora generada por el TMT, como un terremoto de grado 9 en la escala de Richter, nace en algún rincón del cerebro de Tomás si bien el epicentro virtual del tembleque sísmico está en Mérida y alcanza a toda la comunidad autónoma, además de llegar, sin problemas, a los despachos de Madrid. Menudo es el TMT.

Pues bien, este señor que está sentado a mi lado, además de político y escritor es, sobre todo y por encima de todo, una gran persona. Y no dudo en decir que es una gran persona aunque a alguno le pueda interesar menos este aspecto  porque el acto literario al que nos han convocado tiene como fin presentar su libro. Por norma, se busca al escritor y no a la carcasa que lo habita. Pero entiendan que no es gratuita mi reseña del aspecto personal. Es indicativa de cuál puede ser el estado de las cosas en determinados momentos: ¿qué sucede para que un tipo normal se dispare? Un hombre que adora a su mujer, hijos y nietos es una persona normal, muy normal, como la mayoría de nosotros. Un señor que, además, ama los animales es algo menos frecuente, pero también abundan estos ejemplares en el zoológico de la vida. Aunque hay un punto de diferencia: no todo el mundo publica un libro, el número quince, se hace una fotografía acompañado de su perrita recién fallecida, la gran ‘Perica’, y planta la fotografía en la contraportada. Perica y Tomás formaban una collera existencial que dio vida en Internet a una suerte de diálogos platónicos. Tomás, sordo funcional a las necedades del ambiente, dialogaba con Perica en una traslación de un diálogo consigo mismo. En mi opinión, el gesto de ternura de la fotografía de contraportada no parece la mejor etiqueta para expresar la potencia destructora de un paquete de explosivos. Así que, menos lobos.

Disequemos las siglas TMT. La T de Tomás, a secas, sin apellidos, el abuelo huérfano de perrita. Es el nombre de un ilustre miembro del club de los cínicos, los filósofos amantes de los perros, como su mayor representante Diógenes de Sinope quien dijo aquello de que cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro, frase erróneamente atribuida, entre otros, a Lord Byron. Por su parte, la M de Martín: el señor Martín fue el maestro que, durante su larga etapa de funcionario de prisiones, enseñó a los presos analfabetos a leer y a los más letrados a entender y escudriñar la literatura. Pero, ¿y la T de Tamayo? ¡Ay, Tamayo!: es la espoleta del TMT. Cuando se activa, provoca un tamayazo (no confundir con el trapicheo traicionero en la Asamblea de Madrid de hace unos años pues aquello fue, si acaso, una simple tamayada). La T de Tamayo encierra en su seno la voz escrita de TMT, un grito que despeina las encinas, retumba en las conciencias de sus numerosos lectores y, me atrevo a decir, perfora, como la bala de uno de sus relatos, el alma hipoacúsica de las víctimas, algunos de los muertos vivientes del esperpento patrio. Y antes de que él me diga, como el Paco Umbral más borracho y pedante, que ya basta de hablar de cohetes falleros y de otros petardos fulleros, porque hemos venido aquí para hablar de su libro, voy a cobrarme una deuda en señal de amorosa venganza: me impuso, sin paliativos, este papel de presentalibros en una feria en la que, como él sabe muy bien, me siento como un maqui que anda refugiado en la sierra y ha salido a la luz del encinar por amor, porque la amistad es una suerte suprema del afecto, para dar compañía y aliento a un guerrillero, a un compadre. Esto me escribió Tomás en un correo electrónico el día 12 de marzo de este año: “Agustín, así quedará el libro. Sale a primeros de mes, 300 folios, 100 narraciones cortas. Te lo daré de inmediato porque lo presento en la feria del libro, del 9 al 16 y quiero que seas tú el presentador. Será a las 20   horas pero aún no me han concretado el día. Como verás, no te he consultado porque ¿para qué?, si no iba a aceptar una negativa. Se siente. Un abrazo”. Como lo han oído y repito: “No te he consultado porque ¿para qué?, si no iba a aceptar una negativa. Se siente”. Le faltó decir coño, con perdón. ¡Se siente, coño! Y aquí estamos, sentados junto al polvorín repleto de TMT. ¿Cómo negarme, mi sargento? Pobre de mí.

Pero hablemos del libro “Cuentos del día a día”. Se trata de un conjunto de relatos muy variados, en temática y en extensión, recopilados de un amplio abanico que nuestro escritor ha ido escribiendo y guardando durante años. La gran mayoría son relatos cortos, de menos de una página o apenas dos o tres; algunos son algo más largos, divididos en tres capítulos y con cierta vocación de nouvelle   o cuento. El relato corto, como ustedes saben, es un género de muy difícil clasificación. No es lo mismo que el cuento, aunque muchos eruditos pretendan equipararlos. El relato corto parece un género literario menor, poco trascendente, como de ejercicio de iniciación de los novatos en la hermosa aventura de escribir. La verdad es que los anaqueles de las librerías y de las bibliotecas están abarrotados de historias breves y extraordinarias escritas por los más grandes maestros de la narrativa universal. Sirva recordar a magníficos representantes de la literatura en español (García Márquez, Borges, Rulfo, Cortázar, Héctor Quiroga y muchísimos más), anglosajona (Edgar Allan Poe, Conand Doyle, Agatha Christie, Truman Capote, Hemingway y otros), europea (Frank Kafka, Anton Chejov) o japonesa (Murakami) por citar solo algunos de los monstruos de la ficción.

Tomás sorprende al lector una vez más, ahora con este libro. Lo hace en plan TMT, pero no en la línea combativa de sus artículos, sino como una forma de entender la literatura sin pamplinas: a degüello. En el estilo, Tomás sigue la norma de Pío Baroja de escribir sin florituras, sin adornos, de frente, no sé si con intención o, como el propio Baroja, porque le sale así. Baroja y Ortega y Gasset, buenos amigos, mantuvieron una polémica, primero privada y luego pública, sobre el concepto de novela. Baroja, muy barojiano, mantuvo que en la novela cabe todo y optó por no desperdiciar ni media página en escritura retórica. Ortega, muy orteguiano, firme creyente de que la novela había muerto, defendió hasta la extenuación la necesidad de exponer lo más subjetivo de los personajes. Un choque de trenes. Tomás es a ratos orteguiano y a ratos barojiano pero opta en este libro por escribir al desnudo. Sin un miserable adorno. Así de crudos son sus relatos, de títulos también muy contundentes que, como todos los buenos títulos, definen el contenido a la perfección.

Una literatura nada fácil que tiene lectores adeptos por millones y escritores ineptos por miles. Algunos de los relatos, y no pocos, dejan al lector tirado en el sofá. No solo por la sorpresa del final, sino por la contundencia de la situación descrita. Por el escenario moral. A mí en particular, que tengo el umbral de las emociones muy bajo, algunos relatos de este libro que presentamos me han turbado de forma extrema durante la lectura. Y esto es lo mejor que se le puede pedir a la literatura: que no deje indiferente al lector: que le pellizque el alma, que le remueva el saco de las emociones, que le alborote el almacén de las ideas. Yo he sentido numerosas veces estos calambrazos al encontrarme con un adjetivo o una frase de Gabo García Márquez, o con un párrafo de Saramago o de Pessoa, o con un verso de Luis Cernuda, de Jesús Delgado Valhondo o de Miguel Hernández. Y me sucede ahora con el cuentista Tomás Martín Tamayo, quien consigue impresionar al leyente por medio de relatos cargados de una fuerza explosiva que no envidia a la emoción generada por Kafka o por Edgar Allan Poe. Y entre estos tamayazos literarios que suponen el grueso del libro, hay también algunas miniaturas rezumantes de amor, incluso algún paréntesis escatológico que Tomás lo hace digerible tras adobarlo con una buena dosis del mejor humor. El humor que nos recuerda al Tomás Martín Tamayo que contó, hace unos años, en el periódico HOY, las venturas y desventuras de una víctima de la colonoscopia. Tal vez nos estaba alertando. Su fino olfato de sabueso de las cosas públicas ya barruntaba que iban a darnos por el avispero.

El libro que presentamos, ‘Cuentos del día a día’, es dinamita, perdón, quiero decir TMT puro. Para rizar más el rizo, cuando uno, en su condición de lector tomasiano, que no tomista, se mete en este jardín sembrado de sustos y sorpresas, y anda felizmente agarrotado por los truenos de la tormenta de la literatura en su estado formal, surgen fogonazos, verdaderos relámpagos, que tienen forma de aforismos, de literatura comprimida al extremo como si de Augusto  Monterroso y su dinosaurio se tratara, o de auténticas greguerías ramonianas, de las del mejor Ramón Gómez de la Serna. He aquí la prueba. Juzguen ustedes:

La venganza: Para vengarse de las llaves, un día se perdió él.

La costra: La lluvia cayó sobre él, pero la costra que lo cubría lo protegió y sólo se mojó por dentro.

Mágico: Comenzó a creer en la magia el día que arrojó a la papelera el dibujo de un pino y el suelo se llenó de piñones.

Divino: Se gustaba tanto que tenía mini orgasmos al verse reflejado en el cristal de los escaparates.

Invisible: Se enfadaron con el testigo principal cuando se negó a señalar al hombre invisible en una rueda de reconocimiento.

Perdido: Estaba tan perdido que acudió a la policía para que lo pusieran en busca y captura.

Indiferente: Desde que la bala le entró por un oído y le salió por el otro, dejó de oír a la gente.

En fin, ‘Cuentos del día a día’ es un libro que no dejará indiferente a quien lo lea. Pero, para hablar de su libro, nadie mejor que el autor, Tomás Martín Tamayo, con el que vamos a cambiar impresiones.


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