Si no fuera por los mulos

En la historia, las grandes avenidas de los acontecimientos, tanto reales como imaginados, lucen como adornos el nombre de los caballos: ‘Pegaso’, el preferido de los dioses olímpicos; ‘Janto’ y ‘Balio’, la collada de Peleo, el padre de Aquiles; ‘Bucéfalo’, propiedad de Alejandro Magno; ‘Incitatus’ o ‘Impetuoso’, el caballo pijo amado por Calígula; ‘Babieca’, un ejemplar andaluz que paseó el cuerpo sin aliento del Campeador por el ‘Cantar del Mío Cid’; ‘Rocinante’, el alter ego equino de don Quijote; ‘Molinero’, montura de la conquista que sirvió a Hernán Cortés; ‘Marengo’, de raza árabe, el preferido (entre ciento treinta) por Napoleón I; ‘Palomo’, de Simón Bolívar; ‘Siete Leguas’, de Pancho Villa; o ‘Cagancho’ y ‘Chenel’, la collera de oro del rejoneador Hermoso de Mendoza; y tantos más. Los burros, en cambio, deambulan por las veredas de los hechos de forma más discreta, casi siempre anónima y no pocas veces mezquina. Suelen servir de ejemplo negativo: Brahms llamó asnos a quienes le acusaron de plagiar la Novena Sinfonía de Beethoven. ‘Asnos estúpidos’, tituló Isaac Asimov uno de sus cuentos de galaxias imposibles. ‘Los asnos y Goebbels hacen el mismo ruido’, rezaba un cartel de la propaganda soviética; o sirven de moneda de cambio para que un viejo, Demetrio, aliente el vicio de su hijo calavera (Plauto: ‘La Asinaria’ o ‘La comedia de los asnos’), o para cambiar la vida de Lucio, un joven, en ‘El asno de oro’ de Apuleyo; no obstante, estos nobles animales hicieron vibrar el alma de un poeta que bautizó de poesía a un pollino, patrimonio de la cultura universal, ‘pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón’. Incluso yo –dicho sea con pudor- acudí en algún libro a ‘Caifás’, un garañón escéptico como el asno de ‘Buridán’. Pero los jumentos, por más que nos pese, no hacen ni sombra a los caballos. ¿Y los mulos? (o las mulas, pues no hay discriminación de género).

El mulo, fruto del amor de parentela entre un asno y una yegua, o entre un caballo y una burra (burdéganos), es aún más anónimo y discreto que el propio onagro. Es menos esbelto que el caballo, pero con más fuerza, afán de supervivencia y capacidad de sufrimiento. Y esta es, probablemente, la mayor cualidad ética del mulo: el sufrimiento (¿por qué se habla de la moral o de la ética de algunos indeseables actores de la comedia humana y se va a negar una ética equina a los mulos?). El mulo es un personaje que nunca figura en los créditos de la fábula de la vida. Para significar que a las cosas menos apreciadas se las expone a un mayor trabajo se decía por 1822: mulo cojo e hijo bobo lo sufren todo. Mulón llaman en Chile al niño que tarda en hablar. No es baladí el adjetivo: el caballo relincha, el burro rebuzna o rozna pero, ¿y el mulo?: el mulo es silencio.

Homenajeemos al mulo, y a la mula, nacidos para el olvido. La memoria colectiva recuerda -parca evocación- a la cinematográfica mula Francis. Es fácil acordarse de los cuatro muleros lorquianos pero nadie sabe el nombre de la mula torda y cascabelera. En una mula sin nombre, y acaso judía, pudo montar la católica reina Isabel de Castilla mientras lloraba el moro granadino. Gracias a un mulo -escrito está en las crónicas- Cristóbal Colón logró el apoyo político y financiero definitivo de la misma reina para llevar a cabo su viaje histórico. Un mulo expósito y revolucionario gateó por la cubana sierra Maestra con el Ché Guevara jadeando asma sobre su grupa. Sobre los lomos fustigados de miles de mulas han cruzado las milicias las páginas ensangrentadas del libro inacabado de las guerras. Como en Afganistán. Mulillas alocadas españolas arrastran la furia vencida del toro al son lacónico del rebenque, zigzagueando sobre el círculo azafranado de la muerte. El mulo desconocido vivió y murió en la guerra sin los honores del caballo, como el mulo de carga sufrió el relente de la escarcha y el sofoco de la solana en el campo, y el mulo herido por la mano cainita atravesó las cicatrices todavía no curadas del exilio. El mulo anónimo ha sido pilar básico del progreso, desde su oscura existencia de mina, desde su bastardía, desde su infertilidad impuesta pues la genética le robó un cromosoma. Una mula protagoniza la deliciosa y cinematográfica novela de Juan Eslava Galán. Platón, para hablar de una idea abstracta, citó a los mulos (‘Apología de Sócrates’): ‘¿Quién, de entre los sensatos, admitiría que existen hijos de dioses, pero que no existen los dioses? Sería tan disparatado como el admitir que pueda haber hijos de caballos y de asnos, o sea, los mulos, pero que negara, al mismo tiempo, que los caballos y asnos existen’. Los mulos, como Teruel, también existen. Palabra del platónico Sócrates.

De nuevo anda alborotada la caballeriza electoral en el latifundio proindiviso español. Los caballos y los burros seguirán, como siempre, a lo suyo: ignorando –o despreciando- el trabajo imprescindible de las mulas y de los mulos. Pero en la cuadra de la existencia conviene dar el valor debido a la dignidad de cada cual. Nadie es poco importante. La más humilde biografía está blindada por la dignidad de la persona (o de la mula). Los caballos de la política lucen su esplendor ecuestre en la galopada de la vida. Se deslumbran por el fogonazo efímero e intrascendente y, casi ciegos, creen que todo el campo, con sus flores, les pertenece. Se adueñan de la primavera. Los burros, oportunistas a su pesar, merodean y medran por veredas paralelas a los prados donde suelen pastar los caballos. En la hojarasca del olvido se abandona a los mulos, braceros del trabajo cauteloso prestos para tirar del carro colectivo. Sordos e indiferentes a los relinchos y rebuznos. Los mulos son los funcionarios de la existencia. Cartujos del empeño. José Lezama Lima escribió una ‘Rapsodia para el mulo’ que comienza así: ‘Con qué seguro paso el mulo en el abismo. Lento es el mulo. Su misión no siente’. No es tan lento el mulo, maestro, y siente. Que lo sepan los caballos. Y los burros.


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