Yo soy un hombre de campo

“Yo soy un hombre de campo / no entiendo ni sé de letras…” (Manolo Escobar).

Me piden desde “Agenda/Ámbito Cultural” que escriba unos párrafos sobre la cultura. Una especie de reflexión personal (“Reflexiones de un autor”). Entre la sorpresa de la inesperada propuesta (me cogió saliendo de la peluquería de “El Corte Inglés”) y mi incapacidad innata de decir no a quien me pide algo, aún siendo consciente de no ser la persona más idónea para resolver la petición, contesté afirmativamente. Acaso sea que el ego nos hace pensar con el ombligo, ese cráter invertido que yace en medio de un mar de tocino. Convencido de poder solventar el asunto le dije a mi interlocutor, De acuerdo, escribiré alguna cosa. Pero el problema, intercedió él, es que debes escribir ya. Lo necesito para ayer. Se debe, al parecer, a la necesidad de entregar la colaboración en la imprenta cuanto antes. La imprenta no espera, al contrario que el señor Rajoy -cuya espera desespera- debido a su actitud tancredista y parapléjica (esto lo digo yo, no mi interlocutor).

Cuando fui consciente del lío en el que me habían metido (yo sólo fui a retocarme la barba) recurrí a dos fuentes cercanas cuya inspiración tenía asegurada: Tomás Martín Tamayo y Miguel Murillo, dos amigos escritores que ya han pasado por esta experiencia. Leí sus estupendas colaboraciones pero fue peor el remedio que la dolencia: pasé de Málaga a Malagón o, si me permiten la alusión profesional abusando de mi condición de médico, empeoré adecuadamente. Ellos, dos grandes escritores, habían expuesto sus reflexiones en esta misma tribuna con autoridad y envidiable lucidez. Cualidades ambas de las que carezco. Pues vamos bien, me dije mientras comprobaba en un escaparate, de reojo, lo guapo que me habían dejado en la ‘pelu’ de corte británico. Así que, lo primero (en realidad fue lo segundo) que hice fue revisar el concepto de cultura. Siempre había creído saber qué es la cultura. Pero, en verdad, ni sé qué es ni creo que haya mucha gente cabal que lo sepa. La voz cultura se ha prostituido a niveles de burdel pues se emplea para todo: la cultura del pelotazo, la cultura de la casta, la cultura motera, la cultura taurina y así hasta el infinito. Lo cual no es un consuelo: quien tiene que torear en esta plaza soy yo. Así que, asumido el compromiso, decidí recibir al bicho a portagayola y, pasado el ímpetu inicial, tratar de coger al morlaco por los cuernos. Sin ser “forçado” me he visto forzado.

Para la Real Academia de la Lengua (RAE) cultura significa cultivo, crianza. También es el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. Y, además, cultura es el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etcétera. En mi inculta opinión, es muy curioso el origen y el posterior desarrollo de las palabras. De entrada, tienen vida propia. La remota voz latina cūltura nos traslada por el túnel del tiempo al campo idílico donde se recreó Horacio (“Beatus ille qui…”), o a la quinta romana donde Marco Tulio Cicerón escribió sus “Disquisiciones tusculanas” y dijo “Filosofía es cultura (cultivo) de la razón”. Un concepto, agrícola en su nacimiento, luego derivado a “crianza”, amplía el campo semántico desde el mero acto de alimentar y cuidar a las crías, humanas o animales, hasta el proceso de elaboración de los vinos (la cultura del vino). Pero la RAE complica más el significado. Relaciona el conjunto de conocimientos (saberes) que colaboran al desarrollo (la crianza) del juicio crítico de una persona. O, dicho de otro modo, la capacidad de discernir entre el bien y el mal, entre la belleza y la fealdad, entre la justicia y la injusticia por citar algunas de las capacidades fundamentales que nos diferencian de los animales poseedores de su propia cultura (por ejemplo, nuestros primos los primates). Y, puestos a disparar a todo el monte, la RAE aparca por un momento el mero ámbito individual (el ámbito cultural de la persona) para expandirse, como las galaxias más lejanas, en otras esferas: el conjunto de saberes del individuo es también sus modos de vida, las costumbres, y más cosas, en la ciencia, en el arte, en la industria de cualquier tiempo y en todo grupo social. Lo cual equivale a decir, si se me permite la simplificación, que cultura es la vida misma. Podemos, dicho sea lo de podemos sin intención postelectoral, parafrasear al gran don José Ortega y Gasset y decir: yo soy yo, y mi cultura pues, ¿qué son mis circunstancias sino mis saberes y desconocimientos, mi actitud y aptitud, mi modo de ser y de estar, mi vida en todas sus dimensiones?

Decía el maestro Gabo García Márquez que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. Somos lo que recordamos que somos. Somos retales de recuerdos, fogonazos de la memoria, relámpagos nacidos en las tormentas del existir. Somos memoria. Las paredes de mi memoria están pintadas con los brochazos de mi cultura: los afectos, gustos, ideas, pensamientos, recuerdos, lecturas, melodías. La mirada azul de mi madre. Yo, en cuanto individuo concreto, de biografía única e intransferible, soy dueño de mi propia cultura, por pobre que sea. Soy el amo de mi ámbito individual de cultura, el cual comenzó en mi remota infancia gracias a lo que me fueron legando, con su ejemplo y educación, mis padres; luego, la escuela y la calle hasta llegar el día, en la adolescencia, cuando me acerqué -por primera vez- a un tebeo o a un cuento del capitán Trueno, de Roberto Alcázar y Pedrín o del Jabato. Benditas luminarias que, con la ayuda impulsora de las clases de literatura del bachillerato en el “Zurbarán” de Badajoz (Enrique Segura, Ricardo Puente) me alumbraron a la literatura de los grandes y me llevaron a Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Benito Pérez Galdós y Pío Baroja; y luego, a Ramón y Cajal y a Marañón; y ya sin parar, pues cuando te pica la bicha no hay cura, a una pléyade de poetas inmensos, músicos excepcionales y pintores universales. Pero todos estos genios de la literatura, el cine, la música y la pintura me enseñaron, puestos ya los pies en el suelo de la madurez intelectual y afectiva, a valorar a otras muchas personas sencillas, gente del común, cuyas obras –sus vidas- eran o son más modestas pero muy importantes pilares donde se afianza mi propia cultura. Los autores de obras únicas que son los protagonistas y editores de sus biografías. Historias humanas repletas de pasiones, incertidumbres, deseos, alegrías, penas, risas y llantos, silencios y susurros… Pongamos, por ejemplo, que hablo de mi familia y de mis amigos (valga la redundancia); de mis enfermos de sida o de otras enfermedades infecciosas que les marcan como el hierro candente de las ganaderías; de los súbditos de la droga e inquilinos de la cárcel que fueron desahuciados de su dignidad; de los animales de la política y de los medios de comunicación; del patio de monipodio de Internet y del corral bullanguero del WhatsApp. Del bar y la peluquería. Del paso de cebra y de la cola del supermercado. De la boda y el funeral.

Como alma que porta un cadáver, que diría mi amado y estoico Marco Aurelio, soy un simple átomo más del universo cultural, del ámbito de cultura que corresponde a mi grupo o entorno social, a mi época, a mis circunstancias donde estoy por decisión de los dados del azar. Mis genes, heredados de mis ancestros y que he dejado en herencia a mis hijas, se han ido adornando durante más de cinco décadas con racimos de “memes” (Richard Dawkins, ‘El gen egoísta’); es decir, de unidades de información cultural que me han transmitido otros (padres, maestros, amigos, poetas, escritores, músicos, pintores, pacientes y hasta las puestas de sol cuando se acuesta, cada tarde, en el húmedo azur del Guadiana). “Memes” informativos que, en lo que puedo y como buenamente sé, trato de transmitir a otros. Contagiarles lo que felizmente me contagiaron.

No sé si habré colmado las aspiraciones de quien me llamó para invitarme a reflexionar sobre la cultura. Un regalo envenado porque, desde Cicerón hasta hace la corta eternidad de un minuto, dudo que haya habido alguien capaz de aclarar qué cosa es eso que llamamos cultura. Lo que sí sé, y no me duelen prendas al reconocerlo en esta tribuna que me ha honrado con su invitación, es que, a medida que he ido siendo “más culto”, cosas de la edad, he ido conociendo en profundidad y extensión crecientes la medida bochornosa de mi ignorancia. Dicho de otro modo: debo seguir cultivándome pues soy un hombre de campo, o agricultor existencial, que no sabe ni entiende de letras.


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