El milagro de los Cerdos

En una colaboración previa en el Cuaderno extremeño para el debate y la acción me tocó disertar sobre la posibilidad, más que teórica, de una pandemia o epidemia venidera (Pensar en la pandemia que vendrá, junio 2020). Un atrevido intento de predicciones futuras mientras estábamos, y estamos, en plena efervescencia de la actual, provocada por un nuevo coronavirus (SARS-2) y denominada oficialmente con el feo nombre de covid-19 (más propio de una marca de 4×4 con tracción trasera). La pandemia vigente es un desastre que no deja de crecer (casi doce millones de infectados, más de medio millón de muertos). En el artículo apuntaba, y era al inicio, que la coronavirosis explosiva y sorprendente está amortizada en muchos aspectos. Con independencia de que no haya decaído todavía, o lo haga en semanas, meses o años. Porque habrá brotes, rebrotes o, simplemente —y es lo que está sucediendo ahora—, que el virus surgido de la naturaleza siga circulando entre algunos mamíferos como le ordena su código genético.High-quality Swiss Rolex replica watches UK online store for men.If you want to buy the most luxurious replica watches in the UK, you can search at luxuryreplica.pw

Al coronavirus le da igual que su residencia habitual o transitoria sea un murciélago de herradura, el pobre pangolín, un joven ‘botellonero’ extremeño o un vasco sabiniano con un Rh diferente. Lo cierto es que debe de estar muy cómodo en el nuevo hospedador humano. Ha encontrado al mejor de los aliados para lograr una rápida y fácil difusión. Dicho con ánimo descriptivo, al estilo de Valle-Inclán, y no de forma perversa, el virus coronado se ha topado con la variante tonta, o estúpida (Stultus, stolidus), dentro de la superior especie Homo sapiens sapiens. Un homínido de presunta inteligencia. El único primate dotado con la cualidad de la estulticia.Y así nos va. Si alguien lo duda, asómese a los telediarios patrios (cumpleaños, bautizos, bodas, procesiones, playas, bares, botellones, celebraciones “deportivas”). O mire la CNN/The New York Times/BBC para asombrarse con los alucinantes avatares de Donald Trump, Jair Bolsonaro y otros artistas de pelo en pecho y neurona -única- calcificada. Si en verdad hubiera justicia universal, un tribunal tipo Nuremberg debería juzgar a estos psicópatas bajo la acusación de presunta negligencia criminal. Por otra parte, volviendo a nuestra España de camisa blanca, vivimos en un país muy peculiar: dispone de millones de sabios y eruditos a la violeta. Expertos de todo y maestros de nada que arreglan el paro, la inmigración, el terrorismo, la corrupción y la pandemia en la parcela familiar. Zampando panceta antes de tomar la estatina. Con la inestimable ayuda, u oposición mostrenca, de los cuñados. Así que abandono el sobado tema del coronavirus y eludo el selecto club de ilustres ilustrados. Para hablar de lo que viene.

La pandemia que vendrá, y esto va muy en serio, puede que ya esté aquí. Creciendo, discreta. Desde 2001 un diabólico virus gripal zoonótico está lanzando mensajes de aviso a la humanidad. Se le ha denominado G4, como si fuera un móvil también chino de penúltima generación. Se trata de una combinación, surgida al azar, de los genomas de un virus de la gripe porcina pandémica del año 2009 (pdm/09-H1N1), que es pariente genético muy directo del famoso asesino de 1918-1920, y de un virus aviar del linaje euroasiático (EA) H1N1 (EA H1N1). Su presencia en los cerdos y en los humanos es cada vez más llamativa, creciente. El virus, de vocación pandémica, ha asentado entre los puercos y ha logrado pasar del mundo animal al humano. Un estudio de 15 granjas de cerdos en 10 provincias chinas ha permitido detectar anticuerpos frente al virus en el 10,4 % de los porqueros y en 4,4 % de los vecinos de las granjas. La tasa serológica sube al 20,5 % en los jóvenes de 18 a 35 años. La gripe de 1918 se llevó por delante a millones de jóvenes sanos y pletóricos de vida.

Logrado el salto de especie del cerdo al hombre, el nuevo virus porcino, que se difunde como el rayo entre las ardillas, está buscando el modo de lograr el contagio interhumano eficaz: usted, o yo, tosemos y el vecino de mesa, ascensor, autobús o despacho se llevará de premio una neumonía de ventilador (hasta podemos ser vecinos de UCI). El grave problema, en verdad muy grave, es que el virus es absolutamente nuevo. No existe memoria inmunológica que lo recuerde. Ni rastro. Por tanto, nadie tiene anticuerpos ni células linfocitarias de memoria que, tras detectar su llegada, emitan órdenes moleculares para fabricar anticuerpos bloqueantes (inmunidad humoral o mediada por anticuerpos) o estimular a otras células defensivas (inmunidad celular innata: macrófagos; o adquirida: linfocitos) que anulen al letal virus. Algo muy semejante a lo que ocurrió el año 1918 (500 millones de infectados y 50 millones de muertos). Para mayor angustia, carecemos de vacunas. Ni siquiera el hecho de estar vacunado y revacunado contra las gripes estacionales anteriores protege. Tampoco existe inmunidad cruzada (los anticuerpos ya existentes supuestos protectores de quienes tenemos la buena y cívica actitud de vacunarnos cada año).

No guarden las mascarillas y sigan atentos al formidable reto viral que, una vez más, nos lanzan los cerdos. Y no se distraigan con el mediático SARS-2 si cumplen sus deberes de ciudadanos cabales (distanciamiento físico, lavado de manos, mascarilla homologada, evitar aglomeraciones). El coronavirus seguirá a su bola, aumentará el número de infectados hasta llegar a una tasa de protección comunitaria, terminología más apropiada que inmunidad de rebaño, aunque haya tanto cabestro suelto. Pero se pagará una lamentable cuota de muertos, no solo ancianos comórbidos, y no variará mucho la tasa de necios con plaza en propiedad. Salvo que ocurriera un milagro, como el atribuido a Jesucristo. Según cuenta la Biblia, en Kursi, un remoto lugar en tierra de los Gadarenos (los altos del Golán), el Maestro exorcizó a un joven endemoniado: trasplantó, valga la metáfora, el mal diabólico que anegaba el alma del joven a la piara gorrina (se trata del famoso milagro de los cerdos). Los guarros, una vez más nos devuelven a los humanos la pelota pandémica. Pero no todo el cochino es jamón. Un cerdo (su tráquea) es un perfecto tubo de ensayo molecular donde los virus gripales de las aves, los cerdos y los humanos intercambian sus genes (fenómeno de reagrupamiento) y generan un virus nuevo. Este hecho natural sucede sin necesidad de la intervención china, para disgusto de Donald Trump.

Y, puestos a recomendar, tampoco se agobien con el actual brote de peste (la auténtica peste camusiana) surgida también en China. Hay infección activa en Madagascar y brotes ocasionales en la poderosa y extensa USA rural. En China es habitual: sus amplias llanuras son el milenario ecosistema donde conviven la bacteria Yersinia pestis, millones de roedores reservorio como la marmota y la pulga que actúa de vector (Xenopsylla cheopis, y otras especies). Y mantienen el ciclo endozoótico activo. La peste puede matar de forma espectacular sin tratamiento (100 % en la forma neumónica), pero se diagnostica con facilidad y se cura con antimicrobianos baratos, aunque la bacteria empieza a enseñar los dientes de la resistencia genética a los antimicrobianos. Si me quieren hacer caso, cosa que está por ver, sigan atentos a las gripes (a las muchas clases de gripes). Por ejemplo, a la del virus porcino G4, un excelente candidato a la pandemia que vendrá o está viniendo. Y, lamento decirlo, el mundo sigue sin estar preparado. Ni se aprecia intención de hacerlo, a pesar de la mortandad arrastrada tras los letales avisos de 1918 (50 millones de muertos), 1957 (dos millones), 1968 (un millón) y 2009 (285.000). La humanidad se niega a ver lo evidente. Algunos líderes niegan por negar. Parafraseando a Jesucristo (Evangelios de Lucas 22:31-34, Mateo 26:31-35, Marcos 14:27-31 y Juan 13:31-38) podemos decir: “Simón, hoy, antes de que gruña el guarro, me habrás negado tres veces”.Falta dilucidar si es Simón Pedro o Fernando Simón.

Fuente: Cuadernos extremeños


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