Fábula de la hormiga, el perro y la libélula

Acababa de leer un artículo muy interesante, hecho por psicólogos de las universidades de Yale y Nueva York, y del Instituto Tecnológico de Massachussets, sobre la influencia del bipartidismo político americano (republicanos versus demócratas) en relación con la respuesta social al distanciamiento y su repercusión en la enfermedad y muerte por covid-19. Parece que influye, y de qué manera: menos distancia, más enfermedad y más muertos, según sea el signo político de la ciudadanía y de los medios que les informan.
Hizo un alto para enfriar los circuitos neuronales recalentados por la lectura y el ambiente habitual del Badajoz juliano (dos semanas con la temperatura más alta de España). Decidió dar un mini-paseo antitrombótico, para las piernas, y ventilatorio para airear el tejado del cerebro.
―Joder, qué cansado estoy ―se dijo.
El artículo utilizaba herramientas matemáticas de difícil digestión para un ignorante ‘comme moi’, según pensó el lector del trabajo americano. Y así andaba, tratando de bajar la temperatura cerebral, cuando observó que una hormiga arrastraba, a velocidad de vértigo, a una pobre libélula recién dimitida de la existencia. Tal vez el helicóptero de los insectos fue residente de una casa de libélulas.
―Se acabó el cansancio, colega. Lo de la hormiga es esfuerzo, trabajo, tesón, y no lo que tú haces, so flojo ―se dijo, a modo de reproche y algo emocionado por el óbito de la pipilacha. Pero trató de salvarse de inmediato de la dura autocrítica tras comprobar que su amigo ‘Blas’, el vigilante de la canalla, estaba en su puesto habitual de ‘guardacostado’.
―Un funcionario que funciona, no como yo ―repensó mirando a ‘Blas’.
La libélula ya era memoria etérea. La hormiga iba a lo suyo, tal vez pensando en joder a la cigarra. El bueno de ‘Blas’ estaba afanado en su vigilia, que no vigilancia, perruna. Y él, sin embargo… ¿Él? Pero, ¿esto qué es? O, para no desentonar del ambiente donde ocurrió la escena: ¿Esto qué é lo que é?
― ¿Hormiga? ―preguntó. No hubo respuesta―. Hormiguita amiga, ¿dónde estás? ―preguntó con voz trémula en un ramalazo animalista propio de San Francisco de Asís. O de Pablo Motos, el pelirrojo (es decir, hijo del diablo) saltimbanqui del Hormiguero.
Volviendo a la hormiga, la muy fórmica se hizo un ‘Blas’ y huyó, como liebre perseguida por galgos o podencos de la Mancha, hacia la seguridad del césped húmedo y arropador. La currante hormiguilla dimitió de su responsabilidad. La difunta libélula siguió abandonada en el palacio del suelo, como cuando estaba viva. Si, quien nace lechón, muere cochino, quien nace libélula morirá como tal. El destino no juega a los dados, pero mueve los dedos para señalar la suerte de cada uno.
― ¡Ay!, Esopo, Samaniego, Iriarte, y tantos otros grandes fabulistas, qué cruz, qué cruz. Esto parece una fábula, pero es una tragedia―comentó en alto el ‘neuronascalientes’ mientras regresaba derrotado al horno que foguea su cerebro.
MORALEJA: “Si muere la libélula, el perro no vigila y la hormiga no trabaja, se jode la parranda del entierro”.
PD1: Observe la espectadora, o el espectador, en el vídeo adjunto el tremendo adelantamiento por la derecha que un mini-arácnido (republicano) hace a la hormiga (demócrata). Un verdadero ‘sorpasso’ trumpiano. Traído al suelo patrio y parafraseando a Ortega, en la España inveterada (antigua, arraigada) gobiernan los mismos insectos con distinto collar.
PD2: La música acompañante del vídeo es “Pretty Woman”, interpretada por Roy Orbison. FB, con buen criterio, no permite y la silencia por derechos de autor. Así que se puede silbar o tararear: “Preti guoman, tararararí…”
Fdo: El fabulista de Hamelín (que también toca la flauta).


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